Un viaje polémico

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En los juegos geopolíticos no hay ni buenos ni malos, lo único que hay de verdad son intereses; siempre ha sido así y seguirá siéndolo.


Dicho esto, cualquier principiante en la observación de estas lides sabe perfectamente que el viaje de Josep Borrell a Moscú fue parte de ese juego, por lo tanto, para analizarlo con un mínimo de rigor hay que tener presente ese factor.


Es cierto que los medios nos presentaron a un Borrell “humillado”. Pero no es menos cierto que él llegó a la capital rusa saltándose ciertas normas básicas del buen hacer diplomático al exigir públicamente la liberación del bloguero-opositor Navalny; quizá eso fue lo que provocó la fuerte reacción del ministro de exteriores ruso, Serguei Lavrov, cuando éste le dijo que “la UE no era un socio confiable para Rusia”.


Fuera como fuera, algunos opinan que lo ocurrido demuestra que la UE está tan cerca del ridículo como alejada de la realidad, comparándola con aquel Senado romano del año 476 d.C. en que sus miembros debatían propuestas para un imperio que ya no existía.


Se dice que en el mundo de Bruselas y Estrasburgo siguen partiendo de una presuposición arrogante y poco realista al tratar de forzar a Rusia a “cambiar de rumbo”, empezando porque la UE no tiene poder real para hacerlo. En esos casos, dicen los especialistas, quién tendría que cambiar sería la propia UE.


Es cierto que desde hace unos años existe una desconfianza mutua, aunque es verdad que la rusa viene de más lejos. Puesto que cuando se desintegró la URSS los occidentales le prometieron a Gorbachov que la OTAN no se movería “ni un milímetro” hacia el Este. Promesa que nunca se cumplió. A los pocos años entraron en ella los países del antiguo Pacto de Varsovia.


Aunque se dice que no fue la expansión en sí lo que más molestó en Moscú –hay expertos que opinan que en caso de un gran conflicto en Europa, incluso convencional, la Alianza no sería muy relevante–, sino que allí la vieron como un acto hostil, de enemistad. Por cierto, muchos politólogos consideran esa expansión como el error más grave cometido por las élites occidentales después de la caída de la URSS; creen que si no hubiera ocurrido hoy Rusia no sería aliada de China.


Es verdad que eso hizo que Moscú se acercara más a Beijing, estableciéndose entre ellos una alianza con el objetivo de construir la “Gran Eurasia” y debilitar así las posiciones económicas, científicas y militares del Occidente desarrollado en todo el mundo; el geógrafo inglés Mackinder decía que quién controle Eurasia controlará el mundo. Pero ese sería otro tema.


Lo peor, dicen, es que las cosas pueden agravarse con Moscú si Bruselas sigue tensando la cuerda y alimentando conflictos en el espacio cultural ruso, los cuales pueden provocar que el Kremlin rompa con la UE, ya amenazó con hacerlo, y negocie con cada país europeo por separado. No hay que olvidar que la UE no es un estado, sino una organización supranacional de países; algo que dejó muy claro el gobierno británico cuando hace unas semanas se negó a reconocer como embajadores en el Reino Unido a los diplomáticos de la UE.


Por otro lado, la política de sanciones contra Rusia, según los expertos, no surte grandes efectos sobre su economía. Puesto que desde hace unos años ese país está inmerso en un proceso de cambios en los cuales está muy cerca de alcanzar la autosuficiencia en sectores claves como el agrícola, el industrial y el tecnológico.


En cualquier caso, se dice que Europa va a necesitar más a Rusia que ésta de nosotros. Y no solo en materia de seguridad, recursos naturales y otras necesidades, sino también desde el punto de vista geográfico.


Puesto que tanto por la vía terrestre (Ruta de la Seda y Transiberiano) como por la marítima (la nueva Ruta del Ártico) llegarán a Europa en los próximos años millones de toneladas de productos acabados provenientes de una China en expansión –ya es el mayor socio comercial de la UE en el mundo– que está lanzando con gran rapidez al mercado mundial sus logros en ciencia y tecnología.


Por lo tanto, las actuaciones de Josep Borrell lo único que demuestran es que no hay una política exterior en la UE. Nunca la hubo.

Un viaje polémico