¿Sin brújula y demasiados nervios?

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l cardenal Basetti, a la sazón presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, ha hecho unas muy polémicas declaraciones defendiendo al Papa diciendo que “sí a alguien no le gusta el Papa, es libre de elegir otro camino, incluso hacerse Evangelista”, justificando tal defensa en los muchos ataques críticos que Francisco recibe, argumentando Basetti que solo tienen el objetivo de destruir. 
Y este Cardenal se ha quedado tan  pancho (con un par, que diría alguien). Es que, así lo entendemos muchos, está poniendo al Papa al mismo nivel que otras cosas más importantes dentro del Cristianismo y del Catolicismo. 
Tales palabras cardenalicias solo pueden ser fruto de un momento de desesperación e impotencia, así como de falta de otros argumentos defensivos. Basetti se ha puesto nervioso  y ello, en un dirigente importante, solo lleva a la comisión de mayores errores.
En los ya casi siete años del pontificado de Francisco, mi opinión sobre él y su gestión, ha pasado por distintas fases desde el aplauso a la frustración, llegando a pensar seriamente si sería bipolar. Tuvo iniciativas y reacciones drásticas y decididas en relación a las finanzas vaticanas, fue valiente con su iniciativa de diálogo con las otras Iglesias, abrió ventanas dando pistas a los obispos y curas sobre cambios en su labor parroquial; actuó con bastante firmeza en temas de pederastia, y su compromiso con el problema de la migración. 
Pero por otro lado no ha rematado ciertas faenas que inició y no afrontó importantes motines que requerían una clara determinación, provocados por él mismo. No se atrevió a avanzar en cuestiones tales como al papel de los laicos, habiendo abierto el melón de las expectativas; avanzó y retrocedió sobre la plena integración de la mujer en la Iglesia, al igual que al problema de los separados. 
En definitiva, creó expectativas y no remató o se volvió atrás. Como ejemplo sirve el reciente Sínodo de la Amazonia, que salvo error por mi parte, aún estamos esperando a que se pronuncie sobre las conclusiones. Tanta espera solo crea dudas. 
El Papa navega peligrosamente por aguas revueltas, llenas de corrientes que él mismo provocó y me temo que lo seguirá haciendo con un rumbo poco claro, y por tanto recorriendo un itinerario sinuoso sin tener certeza del puerto de arribo. Demasiada confusión y desconcierto en la Iglesia. 
Francisco da bandazos y supongo que a sus 83 años le será muy difícil terminar lo que, parece, quiso cambiar. Y así estamos como estamos. ¿Su culpa? No toda.

¿Sin brújula y demasiados nervios?