PRESUNTOS INDEFENSOS

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La caradura de algunos llega a límites verdaderamente sorprendentes, pero llama particularmente la atención la que tienen los que podemos denominar presuntos indefensos, un espécimen típico de estos tiempos de corrupción. Me refiero a los casos en que organizaciones, a veces muy poderosas, y personas supuestamente importantes, unos y otros habitualmente acostumbrados a la impunidad, se ven descubiertos en algún error grave o, incluso, posible delito, sea por abuso de poder, malversación o cualquier otra de las canalladas a las que últimamente estamos tan habituados. En esos casos no es infrecuente que los afectados, ante el escándalo que produce su posible mal comportamiento o el de sus organizaciones, manifiesten que se sienten indefensos.
Detrás de este sentimiento, que por otra parte podemos a llegar a tener todos, puede que se encierre la actitud típica de quienes se consideran por encima del bien y del mal, aquellos que además de estar en posesión de la verdad, o sea que gozan de una especie de infalibilidad, no se pueden equivocar, creen que su altísima misión en la vida como representantes público o líderes de movimientos les coloca en una posición intocable.
Quizá por eso cuando les “toca”, cuando se ven sorprendidos, como cualquier hijo de vecino que comete un error o no se comporta como debe, aunque sea a nivel de presunción, no se lo pueden creer; de ahí que se sientan indefensos.
Todo esto, además de no responder por lo general a una verdadera situación de indefensión, sino más bien a un mecanismo de defensa, resulta particularmente lamentable en quienes tienen por oficio el de ser acusadores profesionales, miembros de esa nueva inquisición moderna y laica, supuestamente de izquierdas y progresista, frente a la que es difícil no sentirse verdaderamente indefensos.
El escándalo que provoca el comportamiento de personas significativas, no es necesariamente indefensión, sino consecuencia precisamente de su posición, que en la mayoría de los casos conlleva la necesidad de ser ejemplarizante. El daño que los comportamientos inadecuados hace a las instituciones y a las organizaciones más representativas, es algo casi inevitable; pero no significa que haya de evitarse con el encubrimiento, porque se suponga que tales organizaciones son poco menos que intocables.
Cuando el escandalo salpicaa otros, los que hoy se sienten indefensos no tienen el más mínimo pudor en hacer un juicio paralelo a modo de linchamiento público, sin preguntarse por el grado de indefensión que pudiera provocarse con su comportamiento. Esperemos en todo caso que, al cabo, si realmente han cometido los errores de que se les acusa, además de reconocerlos traten de rectificarlos.

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