Cambalache

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Todo es una impudicia en la sociedad política de hoy, y produce, sin remedio, un hartazgo explicable, y melancolía, claro, mucha melancolía. Y no es, desde luego, que a mí me parezca singularmente algo característico de este tiempo, a cuenta de idealizar otros períodos, cualesquiera anteriores, de ninguna manera. Sin embargo, lo que sí es de reconocer como particular y genuino de este momento presente, lo que radicalmente lo define y condiciona como algo con peculiar naturaleza, es que la gestión del poder, del poder político, con toda su correlación de causa y efecto sobre el cuerpo social mayoritario, tiene como síntoma muy advertible un clamor de ignorancia generalizada, un vacío cultural de vértigo, y ningún pudor, ninguna vergüenza, antes al contrario, de que esto sea así. De igual manera, y por cierto como consecuencia, que desde hace ya más de cuarenta años se fue perdiendo el principio de autoridad y magisterio en las aulas, sin cuyo ejercicio activo y ejemplar la secuencia pedagógica no es apenas posible, y todavía menos fecunda, la propaganda del igualitarismo como tabula rasa hizo que tomase cuerpo cabal el espíritu y la letra del tango “Cambalache”… “Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor. Lo mismo un burro que un gran profesor!”. Y en eso estamos.

A falta de criterio, se usa de la consigna, de la demagogia más grosera, de subrayar y repetir con frases muy primarias aquello que se sabe va a calar en su conclusión más elemental e inmediata, con su lectura de fermento ideológico, sectario, potencialmente odioso. Y naturalmente, rienda suelta a la expansión de las pasiones más bajas y al linchamiento del enemigo, casus belli,  a través del insulto personal, de la descalificación, cuando no directamente de la acusación, sobre lo que sea, que ya se sabe cuánto es de reliquia anacrónica la presunción de inocencia, cuando menos  hoy, mirada con ojos de sospecha tantas y tantas veces. Y sin presunción de inocencia, esto se sabe pero repítase una y otra vez, es la selva. Sin presunción de inocencia, directamente, no hay corpus jurídico que aguante en puridad legal y moral.  

Convocados a unas nuevas elecciones, no por excelso y munificente gesto democrático sino por la perversión del propio entramado político, el sistema oligárquico de partidos con sus intereses y su afán de perpetuarse, tocan a rebato y claman contra el otro, cada cual contra todos, presentándose como salvadores, en realidad, de sí mismos. Cualquier día, en cualquier momento, puede que no les salgan las cuentas a su gusto, y habiendo entrado por la puerta salgan por la ventana.  La verdad, apenas tengo ánimo para inquietarme por la curiosidad de quién, o quiénes, de entre tanto político de oficio y beneficio, tanto ventrílocuo de ideología, acabará sacando la mayor ovación en esta pista de circo. Y es que, como escribió hace unas semanas el periodista Ruíz-Quintano, y no puedo estar yo más de acuerdo, “todo es mentira menos lo malo”. 

Cambalache