Consultas engañosas

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Las consultas plebiscitarias están a la orden del día, incluso de moda en estos tiempos. Aunque a menudo los poderes se burlan de ellas, pasándose la voluntad popular por el arco del triunfo, es decir, no respetando sus resultados. Practican la democracia del simulacro, de la pantomima.
Cuando las élites político-económicas quieren seguir apuntalando un determinado status quo, acorde con sus intereses, recurren con frecuencia a la consulta popular. Es una vía por la cual el poder “blanquea” un determinado proyecto, que de otra manera sería más complicado. Si el resultado le es favorable dirá que el pueblo lo apoyó, en caso contrario el poder siempre tendrá un “plan b” para arreglar el desaguisado, es decir, para hacer oídos sordos a lo que dijeron las urnas. No hay que olvidar que la política es el arte de lo imposible.
La realidad nos demuestra que el respeto por los resultados electorales está en función de lo que estos arrojen, es decir, si dañan al grupo del poder entonces se saltan a la torera, el veredicto de las urnas queda en el olvido, lo cual significa que un momento dado los referéndums o las consultas no sirven para nada. Hay varios casos que lo demuestran. En cualquier caso, todo dependerá del peso geopolítico o geoeconómico que esconda la consulta.
Casi siempre en esta clase de consultas se utiliza el miedo. Los poderes a través de sus empresas mediáticas, que son sus cajas de resonancia propagandística, tratan de infundir desasosiego en la sociedad, sobre todo mucha preocupación económica. Lo pudimos comprobar en estos días pasados en la campaña del “brexit”.
En las últimas semanas se utilizó abiertamente la estrategia del miedo, del pánico, de que si la Gran Bretaña abandonaba la UE sería una catástrofe económica para su pueblo y también para el resto de Europa, lo cual, según muchos economistas, es una gran mentira. Es obvio que esta clase de “argumento” influye en el estado emocional de las personas a la hora de votar, hasta el punto que puede alterar –de hecho sucede– el resultado final de cualquier consulta. Al no existir una información transparente, veraz y objetiva, la intención de voto queda sujeta al miedo. Eso significa que no es un voto libre.
Algunos de los que dirigen este caos europeo comen de la mano de los grandes poderes, por tanto, defienden lo mismo: que es un superestado europeo al servicio de las transnacionales. El apoyo que ha recibido David Cameron de sus coleguillas, con el objeto de presionar al pueblo británico para que votara a favor de continuar en la UE, fue más que notorio. Toda la nomenclatura europea se puso en marcha para apoyar la “causa” del inquilino del 10 de Downing Street.
Sin duda, el respeto por la democracia brilla por su ausencia. Cuando Alexis Tsipras sometió a referéndum el plan de ajustes que la Troika tenía preparado para su país, el pueblo griego lo rechazó de plano. ¿Sirvió para algo la decisión soberana de los griegos? La Troika y la señora Merkel impusieron igualmente su “agenda”, pasando por encima de la voluntad popular. Y Tsipras, en lugar de rechazarlo o dimitir si no estaba de acuerdo, se sometió como un manso cordero a los designios de las élites financieras. ¿Para qué lo convocó entonces?
En los últimos tiempos han ocurrido tantas decepciones con las consultas que muchos ciudadanos llegan –y con mucha razón– a cuestionarlas. Se preguntan si en realidad sirven para cambiar algo. No hace mucho se celebró otra en Holanda.
En ella se dilucidaba si el pueblo holandés estaba de acuerdo en que Ucrania entrara en la UE. El resultado fue negativo, ganó el “no”. Todavía no sabemos en qué quedará la cosa, pero es de suponer que si conviene a los intereses de Bruselas la decisión del pueblo holandés no será tenida en cuenta, quedará en el olvido.
El poder se inventará una triquiñuela jurídica para hacerle un “bypass” y saltarse así el resultado. Así funciona el cesarismo europeo, al que le llaman democracia.
El poder no es democrático, por lo tanto, no cree en las consultas. Simplemente las pone en marcha para maquillar sus intereses y vender una falsa ilusión.

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