Aguas revueltas

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Cohesionar un partido, una formación, unas ideas no es una tarea sencilla. Armar un frente ante unas elecciones leyendo y aprovechando el momento, el hastío y la indignación, no es complejo si se sabe pescar y utilizar el cebo pertinente. Demagogia y soluciones para todo aparentemente, pero sin contrastar con al realidad ni el rigor de gobierno.
Eso es lo que ha sucedido con AGE. Dos formaciones, no en las antípodas la una de la otra, pero lejos en lo que se refiere a postulados clave sobre la noción y el ser de Galicia, que supieron recoger el descontento social, la deriva política de la crisis, el momento preciso, unas semanas antes de unas elecciones autonómicas y el carisma de un líder incontrovertido, pero al mismo tiempo plagado de controversias y de disputas.
Todos tenemos un pasado. La última oportunidad para un José Manuel Beiras con patente y licencia para decir, hacer, resolver cuanto se le antoje.
Y cuando las aguas son mansas, cuando las mieles y las glorias todavía no son efímeras, AGE se tensiona. Vuelve, no tanto la formación en sí misma como la trayectoria anterior de Beiras en el BNG, a convulsionarse.
El episodio Calviño e Iglesias ha abierto fisuras. Frentes y contrafrentes opuestos. Es el precio de no gobernar. Es la soberbia de una victoria que puede ser fugaz. Porque 200.000 votos no es pecata minuta, por mucho que otros, Bloque, entiendan que son prestados.
Y en lo mejor del camino, la controversia, la disputa, el amago de ruptura. Y el Bloque espera. Sabedor de que volverá a la casa común un caudal de votos descontentos con la propia deriva y la travesía que afrontó la formación. Avisaba hace unos días, el alcalde de Teo, Martiño Noriega, de no volver a ciertas prácticas, pero ¿será capaz AGE y sobre todo Anova de no quedar atrapada de nuevo en las viejas telarañas del pasado? ¿Será víctima de su propio éxito y de un liderazgo errático?
Hay elecciones en cinco meses. Incertidumbres y miedos. También tensiones. Cálculo y aritmética. Un BNG que ofrece una cuña a Anova para ir de la mano. Demasiado tacticismo o tal vez simple sentido común.

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