LAS CIUDADES Y SUS SEÑALES DE IDENTIDAD

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Tanto por razones profesionales como de ocio, desde hace más de cincuenta años suelo viajar con frecuencia, lo que desde joven me ha permitido conocer que hay muchas maneras de ver y de pensar, por lo que recomiendo esta práctica de viajar a todos aquellos que solo parecen interesarse por su entorno habitual. 
He visitado durante estos últimos días varias ciudades de Italia, entre ellas Roma, capital a la que viajo por cuarta vez. Roma es la cuna de nuestra civilización, por más que hoy ciertos personajes de coleta y/o gorrilla pretendan ignorarlo. 
Quizás de manera más acusada que en otros lugares, en la capital de Italia hay muchas ciudades distintas. Hay muchas Romas en la urbe; todas ellas son atractivas y merecen una visita detenida.
Hay una Roma antigua, una ciudad imperial, cuna de Occidente, con construcciones monumentales, desde el Coliseo y los Foros Imperiales al Arco de Constantino y las Catacumbas. 
Hay una Roma medieval, renacentista y clasicista, con gran variedad de obras arquitectónicas de época, caso de iglesias como Santa María la Mayor o San Juan de Letrán. Hay una Roma barroca y neoclásica, con las concurridas plazas de España y de Venecia, o las numerosas y artísticas fuentes, como  las de Trevi y plaza Navona. 
Hay una Roma artística, con notables Museos, numerosas villas y palacios de época, y abundantes obeliscos y estatuas ecuestres. Pero también hay la Roma de los barrios, el Trastevere, con su vida nocturna, o el Campo de Fiori, con sus mercados y restaurantes. Hay una Roma moderna y lujosa, una ciudad para las compras de moda o las galerías de arte y tiendas de antigüedades, la costosa Vía Véneto, la elegante Vía del Corso, o las más populares Vías Condotti y Frattina. 
Hay una ciudad especial dentro de Roma, independiente y fronteriza con ella: la Ciudad del Vaticano, la sede del Papa de la Iglesia Católica y la guardiana de múltiples tesoros artísticos, donde la propia Basílica de San Pedro y la Capilla Sixtina dejan una imagen inolvidable en nuestra retina. 
Hay, por supuesto, una Roma de siempre, esa Roma especialmente caótica para el paseo de los peatones y para la circulación de las numerosas bicicletas, motos y automóviles, una urbe desordenada en su vida cotidiana, pero también una ciudad vital impulsada por las nuevas tendencias en el terreno del arte, de la gastronomía o de la moda.
Pero también hay una Roma que vive del turista, muchas veces de forma notoria, hostil al visitante, al que los hosteleros y demás procuran explotar al máximo, mientras la administración no solo ofrece poco sino que permite malas prácticas como el cobro de la entrada a iglesias, el impuesto municipal a los turistas en los hoteles, la inclusión del servicio en las facturas de hostelería exigiendo a la vez una propina, mientras la policía se muestra poco activa ante el acoso a turistas por personas poco recomendables.   
Todas las ciudades tienen, de forma más o menos acusada, unas señales de identidad, en forma material de monumentos, construcciones y museos o en forma inmaterial de tradiciones y costumbres, siendo lógica obligación de los poderes públicos su protección y difusión. 
Roma es un magnífico ejemplo del mantenimiento de esas señales de identidad de las que una ciudad debe sentirse orgullosa.
Salvando las distancias y hablando de Ferrol, los regidores debieran conocer las señales propias de identidad de la ciudad, todas ellas y sin sectarismos, protegerlas y ponerlas en valor. Estoy hablando, en el caso de Ferrol, de la Ilustración y el Modernismo, la Cultura Naval, de ese imposible Museo de la Ciudad, de las tradiciones de la Semana Santa y las Pepitas, de los barrios de Canido y Ferrol Vello. Viajemos y aprendamos. 
jjburgoa@hotmail.com

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