Agosto

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Los meses marcan en rojo el ánimo de los días alegres, para ejemplo de los tristes. No son días, son islas en el mar de ese tiempo sin noción de espacio que es su faz. Se tiznan de fiesta para hacerse amigos del hombre, para hacerse amables a la alegría. Lo hacen todos los meses y en todos los reconocemos y lo celebramos con la ansiedad propia de los náufragos a los que la exasperante calma del mar les permite avistar en el horizonte esas islas donde saciar el hambre y colmar la sed.
Domingos y festivos se reparten el privilegio de ser tierra de promisión. Amables refugios donde es posible el cansancio de la fiesta y la suprema pasión de la pereza. Son solo días, pero podrían ser dioses a los que adorar y con los que pactar esa periódica resurrección que, en la justeza de los días rojos, llamamos fin semana, y puente cuando se prolonga sobrevolando días en gris.
Ese es el juego de los meses hasta que llega agosto. Un mes que se quiebra en dos quincenas sin espacio para la compasión. Mariposa de sombra que aletea sobre nuestros labios sofocándonos de angustia. Cuando los esperas, por la espera, cuando llegan, porque se van. Los quince que te son ajenos, son todos lunes de creación, los otros, sábados de pasión. No hay tregua, no la permite ni la angustia de la espera, ni la tristeza de ver como se consumen sin llegar a ser ese utópico día sin márgenes para la alegría con el que soñamos al margen de los sueños y del soñar.

Agosto