FORTUNA Y LOS OJOS DE LOS NIÑOS

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Comienzo de curso escolar desolador: de-saparición de las becas para libros de texto o comedor (donde miles de niños reciben hoy su único pan de cada día); traumática reducción de profesorado, lo que merma/elimina la posibilidad de atención a los alumnos con problemas, en número creciente por el mismo motivo…
Se me da por pensar cómo habrán regresado de sus vacaciones; cuántos de ellos habrán visto las escenas de otros niños de su edad, víctimas de la guerra, agonizando delante de sus ojos, a la hora de comer, en vivo y en directo. No me preocupa menos el que hayan escuchado que el Gran Negro Bueno Presidente no descarte solucionarlo a cañonazos…
No hace tanto, pudieron visionar las escenas terribles del linchamiento de Gadafi; me pregunto cuánto afectan estas secuencias a su desarrollo emocional y moral; si alguien se ocupó de explicarles el sentido y alcance de lo que estaban contemplando… Si para un adulto, tales situaciones resultanduras de soportar –por mucho que se ofrezcan “suavizadas”(?)–, en la mente infantil pueden resultar demoledoras, irreversibles en sus consecuencias.
Las víctimas, entonces, conformarían dos grupos: los que padecen en su carne la barbarie y los que la comulgan, a posteriori, en la sala de estar, mediante sofisticados aparatos electrónicos; o, todavía peor, a solas, en sus “salas de estudio”, a través de internet, en sus ordenadores. Harán falta sólo unos pocos videojuegos violentos y unas cuantas películas de “acción” (léase “exterminio sistemático del enemigo” en ambos casos) para tener diseñado al futuro “superhombre” en estado larvario,  más allá del bien y del mal, la razón o la decencia.
Según un reciente informe, “un niño en EEUU a los 14 años ha contemplado 18.000 muertes violentas en TV; en Europa, se emiten 40.000 homicidios anuales y, en España, más de 1.000 escenas violentas por semana”. Los mecanismos de defensa frente a esta realidad no sólo pasan por blindar al  menor frente a la violencia como método; demandan otra solución superior: erradicarla, para siempre, de la Historia.

 

FORTUNA Y LOS OJOS DE LOS NIÑOS