No avivemos el peligro a la extinción

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Hoy más que nunca se necesitan agentes de concordia, personas  dispuestas a darse y a donarse con la naturaleza y sus análogos, ciudadanos en diálogo para construir puentes de libertad y derribar los muros que nos acorralan. Es tiempo de acción y mesura. La pesca excesiva, el impacto del cambio climático y la acidificación de los océanos, ahora sabemos que afectan negativamente en la conservación y el uso sostenible de los bancos de algunas especies marinas. Lo mismo sucede en tierra, lo derrochamos todo, en lugar de activar una atmósfera responsable protectora, del planeta y de la familia humana. Desde luego, hay que poner en valor el imperativo ético de actuar juntos y unidos, pues en todos los continentes se realizan actividades humanas que socavan nuestra propia salud, corrompiendo la capacidad de los ecosistemas para apoyar el bienestar humano. De ahí la importancia de hacer hincapié en las diferentes dimensiones de las relaciones humano-ambientales, reavivando enfoques distintos, pero confluentes entre sí, y así podamos poner a salvo todas las cosas vivas que nos rodean. 
La solución al problema no es fácil, necesitamos repensar sobre el camino recorrido y reeducarnos en la protección, siendo más conscientes de la amenaza de caos y muerte, sin precedentes en nuestra historia. Mientras Naciones Unidas busca “alfabetizar” al mundo frente al cuidado medio ambiental, hay una desconexión verdaderamente alarmante del linaje con sus sistemas de producción, con el comercio ilícito de fauna y flora silvestres, vertido en un afán de soberbia y de explotación sin límites. Nos hemos alejado tanto de nuestro propio hábitat que ya no acertamos a cultivar y mucho menos a custodiar, lo que se nos ha dado como signo de luz, entre el ser humano y la creación. Cualquier ciudadano, por consiguiente, se halle donde se halle, corre peligro en la medida en que nadie respeta a nadie. Cada cual vive a su manera y no a la manera que ha de vivir, para que la ecología humana y la ecología medioambiental, en verdad caminen acopladas. Harían falta, en consecuencia, multitud de defensores de la naturaleza, cuando menos para que el progreso de las finanzas no se haga a expensas del desastre de la biosfera.
Para desgracia de todos, la vida humana ha dejado de tener su valor máximo, hasta convertirse en ocasiones en un producto más de mercado, confundiéndola con los parámetros económicos muchas veces. Realmente, somos un peligro en peligro de extinción. Lo que manda es el dinero. Todo lo demás sobra o está a su servicio. Que el número de niños desnutridos en Somalia aumente un 50% en sólo cuatro meses, eso no es noticia, parece algo normal y lo asumimos. Sin embargo, sí que constituye una tragedia lo superfluo, como que se acumulen caídas en Bolsa. La mundanidad nos absorbe hasta la misma conciencia y esto no es bueno para nadie. Deberíamos pensar más en los seres humanos, sobre todo en los más vulnerables, con el establecimiento de políticas sociales, que muchas veces deben arrancar por mejorar algo tan básico, como la calidad del aire que respiramos. También nuestros humedales, ríos, lagunas y fuentes, en vez de recibir basuras hay que darles otra vida más natural, lo que requieren un mejor aprovechamiento y protegerlos contra la contaminación. Quizás, por tanto, tengamos desde los medios de comunicación que potenciar mucho más la crítica, y no demonizar a los que ejercen la libertad de expresión, por hablar claro, directo y profundo.
Cuidado con alentar posiciones de autoridad, de ordeno y mando, lo que significa que muchas veces los derechos humanos y las libertades fundamentales tampoco son respetados, y las personas son tratadas como un mero interés. Jamás se puede abandonar el diálogo. Es una manera de matarnos. Desde luego, si un programa de transformación para el siglo XXI tiene que reconocer la igualdad de género como motor de cambio social, dando lugar a más políticas ambientales; de igual modo, cada ser humano tiene que mostrar otras actitudes más solidarias, pacíficas y humildes, con atención preferente a los que no se les deja hablar, o se les deja, pero tampoco se les escucha. Ciertamente, por muy formados que estemos, si no somos capaces de abrirnos a la dimensión transcendente de una vida en común, difícilmente vamos a poder avanzar en nuestra propia identidad humana, de amor y defensa de unos para con otros y de otros para con unos.
No podemos seguir en el caos. El mundo necesita de otra estética, más equitativa, con una agenda común de servicio, sobre todo de asistencia alimentaria, de ayuda a los refugiados y a los niños. Por tanto, es tiempo de unirse hacia un objetivo de menos armas y más alma. También de reunirse para hacerle frente a tantos relatos envenenados. Para desgracia nuestra, estamos retrocediendo en humanidad y esto es diabólico en un mundo globalizado. Precisamos cambiar con urgencia. Toda la humanidad está llamada a interrogarse, con el claro objetivo de traducir nuestros propios valores innatos, en respuestas concretas que nos encaminen hacia otras atmósferas más justas y sinceras. La fragmentación tampoco nos conduce a buen puerto. En consecuencia, es hora de construir puentes auténticos y de derribar muros inútiles, ayudándonos unos a otros. No hay otra manera de avanzar, sino es en familia, cimentando mansedumbre en lugar de barbarie y bravura.
La versión del alto desempleo y la desigualdad social, el enorme reto de reintegrarnos y comprendernos más, requiere menos enfrentamientos y más comprensión. Incitamos a otro orden más poético que poderoso, más de bienvenida unos a otros y no de tanto vasallaje, para poder hacer piña, con el fin de avanzar unidos y cooperantes. Cada ciudadano, habite donde habite, es un líder, ha de serlo, máxime en lo que concierne a la lucha por los derechos humanos y los valores fundamentales. Hay que olvidar rivalidades y sentirse ciudadano del mundo, más allá de las letras y de las buenas intenciones, con lo que esto conlleva de transformación, en un planeta que es de todos y de nadie en particular, lo que exige la responsabilidad de otros estilos de vida más solidarios, más proteccionistas, sin tantas migajas, pues la dignidad de la vida de cada ser humano, aún no figura en ningún plan de globalización.

No avivemos el peligro a la extinción