MACHISMO CONTRA FALDAS CORTAS Y LENGUAS LARGAS

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Un acierto el de Jordi Évole y su programa “Salvados”al elegir los malos tratos a las mujeres el pasado domingo. El programa, como no podía ser de otra manera, no contentó a todos. A unos porque les pareció condescendiente y que no entraba a saco en el problema; a otros, porque creen que se presta demasiada atención a un problema que solo afecta a cuatro, extranjeros y pobres, que tienen la mano demasiado larga con la parienta. Al margen del enfoque, para lo que sí sirvió fue para poner sobre la mesa, sin necesidad de otra muerta, un tema que vemos todos los días en periódicos y telediarios pero que pocas veces se analiza a fondo.
El programa ayudó también a saber que hay bastante más gente de la que pensamos, mujeres incluidas, que creen que las feministas son unas pesadas, que no es para tanto y que hay muchas denuncias falsas. Las redes sociales permiten, entre otras muchas cosas, comentar los programas y el “hashtag” #machismomata consiguió el domingo por la noche ser el más repetido en toda España. Esa es la parte buena. La parte mala es que muchos de los comentarios que llevaban esta etiqueta estaban llenos de insultos o, en algunos casos, de justificaciones de medio pelo como las denuncias falsas o la violencia contra los hombres.
En el primer caso, es cierto que existen denuncias falsas, porque la maldad en el ser humano no conoce límites, pero también es verdad que el número es tan insignificante que no se puede tratar como fenómeno sino como hechos aislados. En cuanto al segundo, si ven alguna estadística por ahí que dice que han muerto una treintena de hombres a manos de sus parejas el pasado año, no se la crean. Está falseada con todos los asesinatos de violencia doméstica, que son aquellos que suceden en el entorno familiar y que pueden haber sido cometidos por la pareja, ya sea hombre o mujer, los hijos, los abuelos o un cuñado de Alpedrete que estaba de vacaciones y pasaba por allí. Quienes enarbolan la bandera de “también hay malos tratos contra los hombres” me recuerdan peligrosamente a quienes aseguran que las personas de color no deberían quejarse del racismo porque “una vez hubo un negro que le pegó a un blanco”. 
Habrá casos concretos en los que sea una mujer la que abuse física o psicológicamente de un hombre, pero entran dentro de ese sucedido periodístico que marca lo que es noticia, debido a su rareza, cuando es el hombre el que muerde al perro. De lo que hablamos cuando nos referimos a violencia de género o a violencia machista es de una actitud que supone no considerar a las mujeres como iguales, sino como meras posesiones. Y no es necesario llegar a la violencia física para ello. Mueren algunas –demasiadas–; otras siguen viviendo, si es que se le puede llamar así, anuladas por su maltratador, creyendo que la culpa es suya por haber dicho o por haber hecho lo que no debían, y otras muchas se resignan a tener que aguantar que les toque el culo un borracho o que les llamen zorras cuando prefieran decir que no. 
En todo este proceso tiene mucho que ver la educación; no la de decir que somos iguales, sino la que se ve en casa, demostrando que papá y mamá pueden recoger la mesa y lavar los platos indistintamente. Si no actuamos así, no podemos extrañarnos de que aparezca el machismo como cantaba Sabina, cada vez que alguien considere que llevamos la falda demasiado corta o la lengua muy larga.

MACHISMO CONTRA FALDAS CORTAS Y LENGUAS LARGAS