CRUCE DE CAMINOS

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Existe otra América. La de los perdedores. Una que no brilla con las candilejas de Hollywood, sino que está enterrada bajo la mugre, el sudor, la mala vida y las oportunidades perdidas. Sobre esa América, que la meca del cine decidió olvidar por diseñar mecanos de acción y evasión para el público juvenil, habla gente como Darren Aronofsky en El luchador,  Gavin O’Connor en Warrior y Derek Cianfrance en Cruce de caminos.
La ventaja de este último, que cuenta con el espíritu de esta América: Ryan Gosling. Película a película, Gosling va confirmando que en la historia del hombre hay tareas ina-cabadas que otros continúan por los muertos. El fuego de James Dean o de Heath Ledger arde en este actor, un intérprete colosal capaz de conseguir, papel a papel, encontrar la esencia del bala perdida, del que tiene las cartas marcadas, del que no encontrará su happy ending en el atardecer, cumpliendo el sueño americano.
Y es que el sueño de esta América ya no es bigger than life. Se queda en una palabra, life, y es muy difícil de conseguir. Casi imposible, si uno empieza como Luke, el personaje de Gosling, sin una familia que lo arrope, sin un referente claro en el que mirarse como espejo para seguir su ejemplo. Pero aun así lucha, porque lo único que desea, como expresa en una estremecedora, por su ternura, escena, es darle a su hijo algo nuevo, algo tan simple como que sea él quien le dé a probar por primera vez un helado: “Quiero que cada vez que lo pruebe, vea mi puta cara”, dice, sonriente.
Y esto es lo que tiene de grande Cruce de caminos. Y sucede en la primera hora. Las otras dos películas que cuenta son notables. Pero la magia de esa primera parte, lo extraordinario de retratar la América que nadie quiere ver, se diluye. Pero esa primera hora, para enmarcar. De las que valen una entrada.

CRUCE DE CAMINOS