Crítica de un concierto no oído

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Crítica de un concierto al que no he asistido por falta de gangas. Por los imponderables que muchas ocasiones no podemos señalar. Lleno a rebosar las dos impecables y atronadoras funciones ofrecidas en el Palacio de la Ópera por la Orquesta Sinfónica de Galicia bajo la batuta de Richard Xagner: “Tristán e Isolda”, preludio y muerte de amor, “Los maestros cantores” (obertura); “La Valquiria” ¿cabalgata acabalgada? “Parsifal: preludio y “El ocaso de los dioses”, sones conque se anunció el suicidio de los jerarcas nazis.
“Yo soy diferente a los demás” reclamaba en su infancia. Mi alma desborda todas las hechuras. El mundo debe darme lo que necesito”. Arrancó como niño prodigio y su ego no le abandonó nunca. A los doce años había traducido la “Odisea” y leía a Shakespeare. También un sátrapa mandón de sus seis hermanos. Se asoció con música y actores vagabundos con gran disgusto de su madre. Contratado por la Würzburg Compañía de Ópera, estrena su primera obra “Las hadas” a la que siguió “Prohibición de amor”.
Pero sus dotes de criatura humana dejaron mucho que desear. Egoísta, soberbio, desleal, traidor, insoportable en el trato. “Tus sufrimientos... mi fama”. Fue una patente de corso para sus seres queridos. Un trepa vulgar. Tras escribir “Lohengrin” se vio obligado a huir, rabo entre las piernas, a Suiza. El escándalo con el barón von Hornstelo a quien tuvo la osadía de pedir un préstamos de diez mil francos obtuvo el más ruidoso fracaso.
Wagner fertiliza la poesía. Beethoven había dado la última palabra en la música a las flores. El leit-motiv wagneriano es un rostro humano que no solo refleja cambio de emoción, sino sus luces y sombra. Los argumentos de la novena sinfonía de Beethoven son los de una sinfonía dramática; las producciones de Wagner, al contrario, son dramas sinfónicos.

Crítica de un concierto no oído