EN LAS BARRAS

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Las barras de los bares son lugares para guardar ausencia; allí la soledad tiene ojos. Se desata el nudo del instante. Las barras son autopistas del alma, donde se habla, mira, se observa y se reza. El alma es eso que no se ve: “Ponme un chupito que si no voy cojo”.  Al alma se le puede atribuir de todo; es el depósito de lo que el otro no conoce de nosotros, es nuestra particular guerra civil. El alma se llena como un recipiente que compensa en nudo gordiano que es nuestra vida. Qué cómo cojea el alma de cada uno; su propio diablo se lo irá susurrando. En una particular conversación en esa autopista sinuosa podemos oír, como si la escuchase toda la humanidad: “Peter —Tuvo que ser terrible… Deshacerse de las cantimploras llenas de agua en medio del desierto. —Señor C.: Es que en el cerebro hay un montón de agua y de sangre  y todo eso, claro. El cerebro es como una esponja empapada. Y si se seca pasan cosas muy raras. Rarísimas” (Brian Friel). En muchas barras está inscrito con aire: —¿Vienes de muy lejos? —No, pero estoy cansado de tanto caminar.

EN LAS BARRAS