Antonio Tenreiro, un maestro

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Fue Fernando Mon quien denominó Grupo de Escisión al formado por Lago Rivera, Labra y Antonio Tenreiro, tal vez parafraseando el título de Insurgentes que les había dado Bugallal. Los tres habitan ahora el Parnaso de los consagrados, por la extraordinaria calidad de sus respectivas obras. Hoy toca admirarse, amplia y gozosamente, ante la muestra de Tenreiro realizada en Belas Artes, bajo el comisariado de Pedro Vasco, en la que queda patente, no sólo el emocionado lirismo de su pintura, sino su extraordinario dominio técnico, ese don del color y de la pincelada justa, esa dulzura de la mancha de sutil expresividad, que los dioses sólo conceden a los elegidos.

Maravilloso acuarelista, supo hacer de la aguada y de sus delicadas transparencias todo un ejercicio de poética visual, evocadora de atmósferas y lugares, de pálpitos invisibles (valga la paradoja) que se sienten en el tratamiento de la luz, y en el deslizarse suave de la sombra. Es una magia que une sus inicios de pintor, con menos de 20 años, a sus años finales, donde la luminosidad lo inunda todo de gamas claras o encendidas y los matices se multiplican milagrosamente, lo mismo que las caligrafías del decir. Su muestra nos lleva en un exaltado viaje, desde los íntimos rincones del terruño: de Pontedeume, de Betanzos, de A Coruña… a las cumbres del Guadarrama, al Algarbe, a las cálidas tierras de Castilla, a los fríos nórdicos de Finlandia, a Bremen, a Zurich, a Lisboa, a Paris… y nos trae de vuelta a los espacios sosegados de la casa, al locus amoenus de su jardín, a las ventanas que miran a las lejanías del mar coruñés.

Y todo ello es un ejercicio de amor, de optimismo, de pasión pictórica. Por el medio: años 60, hay una etapa que los comentaristas llaman “negra”, con barcas orilladas de oscuros mares, con bosques sobrecogedores y estancias en sombra y soledad y que, sin embargo, nos parece a nosotros de las más intensas y originales de su pintura; pues, aunque le dicen “negra”, los colores se han asienado, volviéndose de las tonalidades de la tierra: de los rojizos, marrones, tostados, ocres…, como si de pronto sintiese una llamada telúrica, un ansia de profundizar, de asentarse en la magna mater, Y luego, vuelven las temperaturas aéreas y ligeras, las evanescencias, pues Tenreiro es ante todo un pintor de lo leve, un pintor marcado por su signo astral de aire .

Antonio Tenreiro, un maestro