El vientre de Ferrol

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Podría sonar a Zola y remata Jeremías… Con los años –son ya 68–, uno tiende a los ritos de despedida y cierre, como si necesitara asegurarse de que los lugares de cuyo paisaje ha formado parte a lo largo de su vida siguen ahí y resisten.
De zagalón quimérico alma en pena, desplazándome desde las Casas Baratas al Mercado Central, frecuentaba, en mi propia compañía, la “Plaza del Pescado” los fines de semana. Fascinado, recorría, pisando charcos, aquel helado campo de batalla perdida por el mar: peces muertos do quiera que tu vista pajarona se posaba, yaciendo sobre mármol sin leyenda, mirándote a los ojos fijamente. Recuerdo, en especial, la expresión del besugo: serenidad en olor de eternidades más allá de las algas y las redes, estoicamente resignados a su sino: horno fuerte, rodaja de limón, vino blanco y pan rallado, sobre lecho crujiente de patatas rebanadas a la inglesa. Mis favoritos eran, sin embargo, los melgachos, con su pinta borrega de soñarse futuros tiburones (total, para acabar encebollados…). El cadáver de un pez transmite una sensación de dignidad total que para sí quisieran descabezados pollos abriéndose de muslos, en pose casi obscena; las truculentas cabezas de cordero con su patética expresión barroca de agonía, o las tripas en salmuera (con perdón) de los marranos…
En la nave de frutas y verduras, navegaba entre aromas y colores: el apio “aquí estoy yo”; el dulzón anís de las castañas, el aroma Dior de los ajetes tiernos; un verde que te quiero verde de lechugas, el corazón a punto de infartar del tomate maduro, la cara de camello de pimientos morrones; las coliflores de brillante cerebro, la falocracia batracia del pepino…
Había vuelto al Mercado Central en busca de respuestas temporales (“¿qué se fizieron…?”). Lo que allí me encontré, puestos cerrados al vacío y el más desolador de los silencios, hizo, de pronto, que me sintiera un anciano con pañales mirando las esquelas: “Todavía no me he muerto…”.
Agoniza el gigante abandonado, debilitado, ay, por falta de alimento. No lo entiendo, padrecito: no lo entiendo…

 

El vientre de Ferrol