LA CALLE ES MÍA

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Las reuniones de vecinas que a la salida del super se ponen al día en la actualidad del barrio tienen los días contados en Vilagarcía. Para enterarse de los pormenores del regreso a casa de la hija de la farmacéutica o comentar la evolución del señor Francisco después de su operación las buenas mujeres tendrán que buscar un emplazamiento adecuado: una cafetería, quizá.

Aunque agradecemos los desvelos de la Administración por hacer de la nuestra una sociedad mejor, la formación ciudadana no está entre sus competencias

Una nueva ordenanza municipal, inspirada según apuntan algunos en otra promulgada hace más de un siglo en Madrid, prohíbe a los ciudadanos detenerse en las aceras formando grupos si con ello obligan a otros a descender a la calzada. Más de uno ha aplaudido al saber de la norma. Aquel que ha sufrido el efecto barrera de un par de madres que cruzan los carritos de sus bebés para compartir experiencias de potitos incomibles y llantos nocturnos. O ese otro al que la mala suerte le ha hecho encontrarse con ese sanedrín de octogenarios que coinciden en la calle al regreso de sus paseos matutinos.

Yo, que a diario participo involuntariamente en una gincana callejera, saltando mochilas, sorteando padres y frenando en seco ante escolares desatados a la puerta del colegio, he tenido que reprimirme en más de una ocasión para no pedir paso con un volumen un poco más alto de lo necesario. Aunque no me extrañaría que mis gritos se perdiesen entre el cacareo materno y la vocecitas estridentes de las criaturas. Quizá sea esa, que no me oyen, la razón por la que no se inmutan ante mis intentos de avanzar. Reconozco que a mi parte más retorcida no le importaría que un día volviesen a casa con el niño en una mano y una multa en la otra. Solo una vez.

Pero el civismo se enseña, no se impone, y si se sancionase a quien bloquea la calle, también se podría multar al que no cede el asiento del autobús a una embarazada o a quien entra en un local sin dejar salir a los que se cruza en la puerta. La mala educación no es delito. Y, aunque agradecemos los desvelos de la Administración por hacer de la nuestra una sociedad mejor, la formación ciudadana no está entre sus competencias más allá de favorecer que se inculque en las escuelas. Lo suyo sería ensanchar aceras ridículas, colocar marquesinas en las paradas de autobús o hacer un carril bici por el que de verdad se pueda circular.

Prohibir los corrillos en las aceras, no dejar que los peatones salten o corran -más les vale no perder el bus- o impedir que los niños mayores de ocho años patinen en las plazas más que entenderse como medidas para la convivencia recuerda a aquella frase de “la calle es mía” que pronunció hace décadas cierto político con el que dudo que los actuales gobernantes se quieran comparar.

 

LA CALLE ES MÍA