Deseos y realidades

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Dice el refranero popular que no es oro todo lo que reluce. El cual se puede aplicar a muchos de nuestros más conspicuos políticos. Todos dicen ser unos “fervientes” demócratas, aunque la realidad es otro cantar. Todo depende, como la canción de Jarabe de Palo. 
Un amigo –que no es precisamente simpatizante de Podemos– me decía que no le tenía miedo a la posibilidad de que ese partido llegara al poder, que a lo que verdaderamente le tenía miedo era a la reacción de los poderes fácticos ante tal eventualidad. Está convencido que crearían alarma, inquietud y desorden, que harían ingobernable el país. Según él,  es bueno que Podemos se haya convertido en una fuerza política importante, más que nada por higiene democrática, puesto que así puede ayudar a regenerar la vida pública de este país. Los corruptos, al sentirse controlados por un partido que no es de su misma cuerda ideológica, tratarán de dominar sus “tentaciones”. Sin duda, su reflexión está cargada de lógica. 
La política, como todo en la vida, debería estar regida por un mínimo de decencia, de decoro. De lo contrario, llega a convertirse en una gran mentira. 
Si se aplica la regla del “todo vale”, que es la que está en auge hoy en día, entonces no se está haciendo política. Se está haciendo otra cosa. Si para hundir a un partido y a sus líderes hay que distorsionar la realidad, nos referimos a construir historias poco fiables, con el objeto de sembrar dudas o confusión, entonces algo grave está pasando. Los rivales políticos deben ser enfrentados desde la decencia, desde los principios. Lanzar calumnias o bulos sin fundamento, además de ser una estrategia poco inteligente, destruye la confianza social. Tratar de que el electorado cambie su voto, utilizando la mentira y la calumnia contra un determinado partido o dirigene, no es una buena idea. Tal estrategia, además de  indecente y torticera, no conduce a ninguna parte. Al final, la verdad siempre se abre camino quedando la mentira al descubierto.
Los círculos del poder entienden la democracia a “su manera”, es decir, en tanto en cuanto funcione a su favor. Lo estamos viendo día tras día. 
Cualquier partido que no responda a los intereses financieros, es decir, que no trabaje para ellos, es automáticamente descalificado, vilipendiado, ajusticiado moralmente. 
Se utilizan esas argucias para neutralizarlo, incapacitarlo, con el objeto de que decepcione a un potencial electorado. En suma, los poderes hacen uso de todas las armas y recursos que están a su alcance, que son muchos. 
Por lo tanto, digan lo que digan los líderes de la nueva izquierda, cambiar el estado de cosas no es tan sencillo. La buena voluntad no basta. Con frecuencia confunden la realidad con el deseo. 
En todo caso, la estrategia del miedo va perdiendo peso. La gente desconfía de las “catástrofes” anunciadas, cree que son predicciones interesadas, motivadas por intereses espurios. A pesar de todo, los españoles, después de haber visto tanta corrupción en su clase política, han reaccionado con  calma. 
A lo mejor los ciudadanos de otro país, sobre todo del norte de Europa, no hubieran reaccionado así. Los que piden un pacto PP-PSOE, esgrimiendo el ejemplo alemán, no se paran a pensar que si la CDU de Merkel hubiera tenido en su haber tantos imputados como el  PP, los electores teutones la hubieran desaparecido del mapa electoral alemán. Sin embargo, aquí no ocurrió eso con el PP. Incluso se le premió, siendo el partido más votado, lo cual demuestra lo diferentes que somos.
En todo caso, los miedos de mi amigo, de los que hablaba este servidor al principio, están bien fundamentados. La soberbia del poder es grande, por tanto, difícilmente aceptará una alternativa intermedia. 
Es decir, que implique hacer alguna concesión para construir un modelo social más justo, más equilibrado, con más oportunidades para todos. Un modelo abierto, humano, racional, eclético, sin imposiciones maximalistas. Aunque para llegar a él algunos tendrían que perder algo, ganar un poco menos, ser menos millonarios. No debería ser tan difícil.

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