LA PARTE DE LOS ÁNGELES

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Al arte solemos exigirle un elemento de sorpresa. A medida que vamos sumando experiencias estéticas, este elemento se convierte casi en una obsesión, y a veces pecamos tanto de ensalzar lo original por meramente original como de despreciar aquello que no innova. El cine de Ken Loach (como lo es también el de otros viejos lobos como Eastwood o Spielberg) es un reducto para reencontrarse con lo esperable. De nuevo en tándem con Paul Laverty (guionista), con quien lleva compartiendo trayectoria casi ininterrumpidamente desde “La canción de Carla”, Loach nos ofrece una película a pie de calle sobre los perdedores de su entorno. Pero en esta ocasión el foco no está en la dureza y el desespero (aunque esta existe) sino en qué puede hacerse para salir de ese vórtice autodestructivo y forjar una vida sencilla recuperando los valores más humanos (la paternidad, el placer por el trabajo, la amistad).

Loach y Laverty retratan admirablemente a Robby, un chico de la calle ya camino de los treinta que quiere darle un golpe de timón a su vida, disfrutar de su hijo y su pareja y ganarse el pan de cualquier manera honrada que quieran ofrecerle. Pero su pasado carcelario y esas rencillas familiares que arrastra Escocia siglos ha desde la época de los clanes, hacen que ese objetivo parezca imposible. Irónicamente, algo tan alejado de su esfera social como la cata de güisqui de calidad (para la que Robby está dotado con un excepcional olfato) junto con la forja de una amistad con sus compañeros y patrón de servicios sociales le darán a Robby la oportunidad que tanto desea (aunque para ello haya que jugarse el tipo cruzando la raya de la ley). “La parte de los ángeles” ofrece momentos de gran cine por las situaciones que plantea y por la pureza de su enfoque estético y el naturalismo de la dirección de actores. Que un padre conflictivo en busca de redención le diga a un hijo: “Te juro, Luke, que jamás volveré a hacer daño a nadie” sonará a tópico, pero al retratarlo con gentileza, con un Paul Brannigan debutante y entregado completamente a su papel, esa inexplicable magia que surge de lo sencillo, de lo mundano, ilumina la pantalla. A veces, reinventar la rueda está de más.

LA PARTE DE LOS ÁNGELES