SIN COMUNICACIÓN

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Nos despierta el tintineo de una notificación de facebook. Con los ojos entreabiertos repasamos estados, comentarios, enlaces y fotografias mientras decidimos si nos concedemos cinco minutos más antes de levantarnos. De camino a la ducha comprobamos los correos electrónicos y con el café retuiteamos las observaciones más agudas sobre las noticias de la mañana. Antes de salir de casa informamos a amigos, seguidores y desconocidos de que nos espera un día duro en la oficina. Y colgamos una canción para subir el ánimo general.

Nuestra versión internauta es el único yo que nos permitimos. El único que ofrecemos y el único que recibimos. Somos los personajes que nos creamos

 

Timbres, pitidos y melodías varias nos avisan de que nos han etiquetado en una fotografía, nos han mencionado en una conversación o han escrito en nuestro muro. El teléfono móvil apenas descansa, constante vibración que anuncia un nuevo mensaje de WhatsApp. La vida en la red. Esperando el autobús. Con dolor de garganta. Hoy como croquetas. Mi vecina del tercero no me saluda.

Pasamos de las frivolidades a las opiniones sesudas. De lo despreocupado a lo intenso. Hablamos de política, religión, educación. Pretendemos grandilocuencia, sentamos cátedra. Defendemos nuestros argumentos como si nos fuese la vida en ello. Y mientras con una mano escribimos en el ordenador sobre el peligro del avance de la ultraderecha con la otra usamos el teléfono para postear que estamos en plena discusión on-line.

Nos creemos más comunicados que nunca antes en la historia. Y sin embargo no nos entendemos. Llenamos nuestros mensajes de iconos que los vuelven ambiguos. Donde uno ve una sonrisa otro sospecha de una mueca. El sarcasmo se pierde en el ciberspacio. Una broma se entiende como una crítica.

Perdemos la voz, el tono y el significado. Y de tanto hablar con una foto en una pantalla nos olvidamos de lo que es decirse las cosas mirándose a los ojos. Las palabras se nos ahogan en la garganta y si no es con un teclado no nos atrevemos a expresarnos.

Estamos conectados las veinticuatro horas, pero somos cada vez más desconocidos. No nos escuchamos, ni siquiera nos leemos. Solo cuenta nuestro lucimiento. De tanto escribir en primera persona nos olvidamos del tú y del vosotros. Podemos enumerar los programas que vieron nuestros amigos en la tele la semana pasada, pero no tenemos idea de si alguno pasó las noches en vela angustiado por un problema.

Nuestra versión internauta es el único yo que nos permitimos. El único que ofrecemos y el único que recibimos. Somos los personajes que nos creamos. El informado, el indignado, el sensible, el fiestero. Fuera de la red social solo existimos para unos pocos, cada vez menos.

Paseando al perro. Una cerveza para acabar el día. Leyendo un libro en el sofá. Una sucesión de estados para entretener a nuestro público. Quizá para sentirnos menos solos. Ahora que estamos incomunicados.

SIN COMUNICACIÓN