A noite vai coma un compromiso...

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Álvaro Cunqueiro es un poeta inspiradísimo, un concienzudo narrador, un fabulista mágico. No vamos a descubrirlo a esta hora del partido. Pero sus dotes extraordinarias languidecen al escribir teatro. Demasiado retórico. Exceso de secuencias y lirismo conceptual. En sus textos dramáticos los hechos se narran y no suceden, abundan los monólogos y cuentos feriantes. No tiene la fuerza arrolladora de Valle-Inclán con cadáveres y ánimas de quita y pon o el fresco de criaturas entrañables del genial Buero Vallejo, ciego, soñador, hombres de pueblo, humillados, ingenuos o músicos del maravilloso concierto de San Ovidio, etc. etc. que conectan con nuestro Siglo de Oro…
Desde semejante atalaya el funcional centro cívico Ágora ofreció dos funciones –aforos completos– de “A noite vai coma un río” del escritor de Mondoñedo, representado por el grupo teatral titular dirigido por ese amigo todoterreno Víctor Díaz Barús. Aquí lo menos relevante es el mundo onírico donde desarrolla: guerras, soldados, gentes que vienen y van; país lejano con torre identificadora en el cruce de Valverde: almas muertas de sed o de amor. Pinceladas de Freund, Jung y Adler. Idiosincrasias psíquicas de complejos, música, cantos y bailes.
Sobresale la batuta que dirige tan espectacular concierto. Un halo fantasmal –proyección del contorno de una torre, mesa con enseres, candelabro y un par de sillas– diseña la escenografía con aportaciones impecables de la violonista Diana Pagoshyan y sones medievales gallegos que remata una sobrecogedora “Negra sombra”. Aplausos para todos, incluido Días Barús que saludó al pie de las bambalinas, acompañado por su corte de milagros, mujeres jóvenes y viejas, correos, músico, mendigo, rey, capitán y soldados. Mención especial para el cartel fantasmagórico que marcha por el río del compromiso audaz formalizado por Barús al enfrentarse a una selva creadora llena de peligros.

A noite vai coma un compromiso...