SIN NOTICIAS DE NAVANTIA

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El conjunto de manifestaciones de los trabajadores de Navantia, que ayer tuvo su colofón en Santiago, es fruto de una situación que, si no se ha convertido en endémica es por el simple hecho de que las decisiones políticas han jugado un papel esencial en el mantenimiento de la capacidad productiva de los astilleros públicos en Galicia. Endémico, sin embargo, es el término apropiado para resumir un estado permanente de precariedad que solo determinadas circunstancias han permitido allanar la viabilidad de las factorías en contados momentos. Casi treinta años separan el actual estado de las gradas ferrolanas del inicio del proceso de reconversión industrial. A lo largo de tan dilatado período de tiempo, los paliativos a tal situación han sido cuando no precarios al menos temporales. Este condicionante es, de hecho, el que más ha pesado en el derrotero de una actividad que como pocas ha sufrido la virulencia pragmática de la Comisión Europea al definir el mapa de la construcción naval en el continente. Lo cierto es que, en tres décadas, ninguna de las alternativas propuestas, principalmente para la factoría de Fene, ha cuajado, lo que la ha llevado a quedarse con una simbólica plantilla que difícilmente podría hoy hacer frente, al margen de la industria auxiliar, a un contrato de grandes características. No es extraño así que la antigua Astano sea calificada como un mero taller auxiliar de lo que fue Bazán y que la primera esté tan cercenada que cualquier perspectiva sobre una más que hipotética recuperación de la construcción naval convencional tenga, por encima del condicionante de un sueño, el de una utopía. Lo que sí se ha demostrado en este tiempo es que es la decisión política la que determina, dictamina y orienta la actividad de las industrias de ámbito estatal y que, se quiera o no, nada ha sucedido en dicho período al margen de lo que se quiera o no hacer. Los trabajadores de Navantia se entrevistaron ayer, una vez más, con responsables del Gobierno gallego, cuya capacidad de acción, si bien es cierto que queda limitada por el hecho de que la Xunta no tenga competencias en materia de industria estatal, sí debería al menos ser vital para obtener una respuesta más allá de la simple reiteración de lo ya sabido: que, como una vez más se dijo en Madrid, se está trabajando para conseguir carga de trabajo. En el anecdotario ferrolano quedan para la memoria las decenas de valdíos pronunciamientos de los Ayuntamientos de una comarca cuyo futuro es incomprensible, o al menos difícil de entrever, sin la industria naval. Pronunciamientos cargados de simbolismo pero ausentes, desde el principio, desde el mismo inicio de su debate, de capacidad resolutiva. Esa misma sensación es la que pervive, o persiste, también en lo que a los sucesivos gobiernos gallegos corresponde. Las decisiones han de provenir, como siempre, de Madrid, pero el peor mensaje no es que haya o no dificultades, sino, simplemente, que no haya noticias.

El conjunto de manifestaciones de los trabajadores de Navantia, que ayer tuvo su colofón en Santiago, es fruto de una situación que, si no se ha convertido en endémica es por el simple hecho de que las decisiones políticas han jugado un papel esencial en el  mantenimiento de la capacidad productiva de los astilleros públicos en Galicia. Endémico, sin embargo, es el término apropiado para resumir un estado permanente de precariedad que solo determinadas circunstancias han permitido allanar la viabilidad de las factorías en contados momentos. Casi treinta años separan el actual estado de las gradas ferrolanas del inicio del proceso de reconversión industrial. A lo largo de tan dilatado período de tiempo, los paliativos a tal situación han sido cuando no precarios al menos temporales. Este condicionante es, de hecho, el que más ha pesado en el derrotero de una actividad que como pocas ha sufrido la virulencia pragmática de la Comisión Europea al definir el mapa de la construcción naval en el continente. Lo cierto es que, en tres décadas, ninguna de las alternativas propuestas, principalmente para la factoría de Fene, ha cuajado, lo que la ha llevado a quedarse con una simbólica plantilla que difícilmente podría hoy hacer frente, al margen de la industria auxiliar, a un contrato de grandes características. No es extraño así que la antigua Astano sea calificada como un mero taller auxiliar de lo que fue Bazán y que la primera esté tan cercenada que cualquier perspectiva sobre una más que hipotética recuperación de la construcción naval convencional tenga, por encima del condicionante de un sueño, el de una utopía. Lo que sí se ha demostrado en este tiempo es que es la decisión política la que determina, dictamina y orienta la actividad de las industrias de ámbito estatal y que, se quiera o no, nada ha sucedido en dicho período al margen de lo que se quiera o no hacer. Los trabajadores de Navantia se entrevistaron ayer, una vez más, con responsables del Gobierno gallego, cuya capacidad de acción, si bien es cierto que queda limitada por el hecho de que la Xunta no tenga competencias en materia de industria estatal, sí debería al menos ser vital para obtener una respuesta más allá de la simple reiteración de lo ya sabido: que, como una vez más se dijo en Madrid, se está trabajando para conseguir carga de trabajo. En el anecdotario ferrolano quedan para la memoria las decenas de valdíos pronunciamientos de los Ayuntamientos de una comarca cuyo futuro es incomprensible, o al menos difícil de entrever, sin la industria naval. Pronunciamientos cargados de simbolismo pero ausentes, desde el principio, desde el mismo inicio de su debate, de capacidad resolutiva. Esa misma sensación es la que pervive, o persiste, también en lo que a los sucesivos gobiernos gallegos corresponde. Las decisiones han de provenir, como siempre, de Madrid, pero el peor mensaje no es que haya o no dificultades, sino, simplemente, que no haya noticias.

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