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Resulta paradójico que el día de la votación de la Presidencia de la Xunta, una de las principales batallas del reelegido titular del Ejecutivo gallego se encuentre ante tan insospechados –o no previstos, si se quiere– imponderables, como los de la carga de la Brigada Ligera –aquella de Balaclava y del inventor del Cardigan–, como son, si se tercia, la incomunicación entre el propio Ejército napoleónico que derivó en la pérdida de Waterloo. Licencias históricas aparte, decía un viejo dicho de los Tercios de Flandes que estos preferían cien años de guerra a un día de batalla, porque lo deseable, antes que el encuentro directo y frontal, era la apuesta por el asedio. Lo cierto es que –teletipos incluidos– y puestos en el lugar de un simple, llano e ignorante gallego –a Rosa Díez me remito–, la duda es más que razonable cuando lo que se colige es la esencia de desconocer por qué es necesario destinar fondos al rescate de una banca –nacionalizada eso sí– que, por lo que se ve, será finalmente vendida, incluso con el desconocimiento o la ausencia de quien se deduce que debería estar al tanto de ello. A los gallegos –deduzco– nos piden esfuerzos pero nos quitan el simple cobijo para albergarlos. Si la sensación es que el papel ante Europa es limitado por parte de este país, más triste es el que, salvo excepciones demostradas –pese al empaque de la oposición– parece que le dejan jugar a este terruño del noroeste peninsular. Territorio al que, por otro lado, se limita, también por decisión “comunitaria”, el que la banca aborde como nunca el criterio de interioridad, que ya es de por sí bastante límite, aun cuando pudiese, si se diese el caso, crecer en la medida de lo posible, o en aquella en la que determinasen, que es cuestión aparte. El contenido viene a decir que para salvar la banca autóctona se entrega dinero con la condición inexcusable de la pérdida de empleo pero también a sabiendas de que, frente a lo que se dijo y postuló inicialmente, no estamos ya en la tesitura de saber si lo que nos pertenece –o que creíamos que nos pertenecía– puede crecer por su cuenta y solventar todo lo cuestionable, sino, puramente, saber si de algo vale tal esfuerzo para que, como se sabe ya, nada sea nuestro, salvo el nombre y la lengua, que ya es mucho decir, porque de lo segundo tampoco pueden presumir muchos. Otros escenarios nos tocarán vivir, pero más seguros, como todo hijo de vecino, nos sentíamos sabiendo que, aunque sea la vil moneda, de ella algo quedaba aquí. A Almunia, tan autista para casi todo lo que le rodea, le dejo esa frase de que “los responsables son los gestores”. Ahí es nada.

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