La razón de la sinrazón

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A mí lo que me apetece, sobre todo, es la literatura y el cine, el ensayo histórico y filosófico, y la recreación del arte, en particular la pintura, en su espléndida manifestación de los siglos, nada se diga de la imaginativa y revolucionaria expresión de los variados ismos en el siglo XX, cuya aportación española, muy especialmente a través de Picasso y Dalí, resultó troncalmente decisiva. O sea, ya es de ver, un directo producto mi persona del franquismo cultural y sociológico, ¿a que sí?, suponiéndole, claro, cultura, sustrato cultural, al franquismo, que ya es audacia. 

Pues eso, que antes ocupado yo en estas distracciones intelectuales, tan pedantes y selectivas, tan egoístas, que en atender las preocupaciones sociales, todas y tantas, que caracterizan, y hasta exigen, toda la solidaridad universal, y la emoción de tantos entregados corazones buenos, ay, no como el mío, y por ahí todo seguido, sin ir más lejos, esa chica en trance, esa Greta Thunberg, y sobre todo sus padres, tan inefables ellos, o a saber, que a esta noble y limpia familia de conciencias ejemplares en marcha, pues sí, es verdad, tendría que dedicarles algún ratito de reflexión y pías conclusiones. Pero no. Cataluña, se empeñan los hechos tozudamente contumaces en que he de escribir sobre Cataluña. O sea, ya lo ves, Irene, Cataluña. Irene es mi hija, inteligente y amorosa por la gracia de Dios, que me dice a veces, “pero hombre, papá, otra vez la política…”.  

“Frente al problema catalán, frente al estado político de Cataluña, se nos ofrecen dos políticas entre las que escoger franca y lealmente… una política que dice que mientras las cosas estén en Cataluña de ese modo y no se disipen aquellas tormentas, y… haya el peligro que se vislumbra en las aspiraciones descabelladas de todas las fuerzas políticas, que piden cosas que nosotros no podemos conceder ni concederemos nunca, no se debe hacer reforma alguna: ésta es una política. Hay otra política que es la nuestra… la que he practicado hace largos años, la que he aplicado a todos los casos, según la cual hay que aislar a la sinrazón satisfaciendo a la razón y hay que hacer lo que proceda, precisamente para tener más fuerza para negar lo que no se debe otorgar”. Éstas que anteceden son palabras de Antonio Maura, pronunciadas en el año 1909, en trance de tramitarse el llamado proyecto de las Mancomunidades, naturalmente aplicable con generosidad a la Cataluña de entonces. Al caso, el catalán Cambó, apostilló lo siguiente: “ …como ideal vamos a lo único que pueden ir los pueblos que es a su grandeza … Y yo pregunto: ¿hay alguien que pueda pensar por algún momento que la grandeza de Cataluña pueda chocar, pueda lastimar en algo el progreso y la vida y la dignidad de España? Si alguien pensara eso, cometería el mayor de los sacrilegios; yo no he podido sospechar nunca que Cataluña y España pudieran ser cosas contrapuestas; si un día yo pudiera pensarlo, ese sería el día más triste de mi vida, porque vería comprometido para siempre el porvenir de Cataluña”. Maura y Cambó, como es conocido, eran políticamente conservadores. Y el actual Estatuto de Cataluña, multiplica muy largamente las competencias y prerrogativas de aquel proyecto de Mancomunidades, tanto que roza el exceso en la atribución de algunas facultades, vitales para la esencia social e histórica de la completa España de hoy. 

En aquel tiempo, toda la izquierda política, incluyendo los liberales de Moret, estaban en contra del proyecto de Maura, naturalmente porque querían la Luna, catalana, por supuesto. En estos días, a cuenta de las mismas referencias ideológicas, arde Cataluña. Y eso que ya tienen la Luna. Qué mal, pero qué mal puede terminar todo esto, qué mala pinta tiene.

La razón de la sinrazón