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La resistencia y la vida (II)

Por España y Venezuela, heridas ambas por una similar tiranía de cobardes.Vae victis!


Tanta belleza que, durante un instante/ la muerte o la ambición, incluso el amor/ no tienen cabida aquí/ Felicidad. Llega/ de forma inesperada. Y sigue su camino, realmente/ Cualquier madrugada te lo dice.” Estos versos de la poeta argentina Eliana Navarro llegan por la noche, a la hora en la que la escritura se enciende. La noche repasa las últimas noticias, dispersas noticias, que hablan de lo que el día no desmentirá: ¡tantos cobardes! Pero, por la noche, en medio de un silencio que pareciera imposible, todo, por un instante, se asemeja a un sueño. Nos dejamos engañar por la idea de que sí, de que la mañana nos dirá que todo fue una pesadilla y de que el mundo no es lo que vimos en las últimas noticias, antes de dormirnos. Pero también nos revelará, por qué no, esa belleza fugitiva de la que habla la poeta, esa belleza que nos mira y que luego pasa de largo. ¡Ah, plenitud pasajera que me quisiste enseñar a amar sin poseer, en la alegría infinita de lo que fuiste y en la nostalgia imborrable de lo que eres! ¡Hay que resistir!
Resisitir no supone negar la caída o aceptar el malentendido de una fama demasiado buena o demasiado mala. Ambas cosas son generalmente una equivocación. “A la vida venimos a mancharnos”, me dijo un poeta de origen escocés que renegaba de su nacimiento y su vida en Buenos Aires, pero que cantaba tangos por lo bajo y de memoria. Luego Guy, un francés al que me encontré en tres lugares distintos de Francia, me haría una confesión: “en Brasil yo estuve viviendo un tiempo con una “fille de rue” (una prostituta) que me enseñó muchas cosas. Yo tenía veintisiete años y ella dieciocho”. Guy y yo habíamos estado hablando sobre la nueva ley gala contra la prostitución. ¿Es que todo hombre que paga por volver a sentir un poco de calor es un delincuente? También en esto, como en todo lo demás, era imposible escapar a la enorme complejidad de las cosas. De hecho, juego con la fantasía estos días de un buen tipo que en San Valentín paga por acostarse con una mujer. Pero la mujer, en el momento señalado, le descubre que es policía y que su falta le costará más de mil euros de multa. El hombre la observa con un frío de exilio y le dice: ¡feliz día de los enamorados! Si ella hubiese podido olvidar por un segundo que era policía, podría haber reconocido al mejor y al más triste tipo de la noche.
Resistir supone también reconocer el error y el engaño, ajeno y propio. Sin embargo, ¿supone este reconocimiento una satisfacción definitiva? En muchos casos, no existe ni un modesto bienestar. Nos sentimos mal por lo que hemos hecho, pero en lugar de negarlo, asumimos nuestro acto como el resultado de quien no puede ver la vida más que en su fragmento, en su momento único y limitado. No buscamos con ello justificarnos, sólo comprender por qué debemos seguir viviendo a pesar del daño o la vergüenza. Y en este sentido, resistir es afirmar que nuestra lucha pretende hacernos mejores personas sin haber escatimado ni una sola oportunidad de equivocarnos. Tampoco lo hizo Tolstoi ni tantos otros cuyos méritos no fueron resultado sino de un sinfín de anteriores flaquezas.
Pero si resistir no significa, pues, mostrarse como mejor de lo que todo ser humano es en el fondo,  tampoco entraña la cobardía de depositar en los demás el peso de la propia carga. Nuestra oscuridad duele y pesa, pero debe dolernos y pesarnos a nosotros que la hemos forjado. Tomás Moro, el pensador inglés decapitado por una orden del “poderoso” Enrique VIII, poco antes de morir declaró que sólo él se llevaba el peso de su alma. Y el ardiente Casanova escribió una vez que se consideraba un hombre libre tras haber pagado con creces por todos los errores cometidos. Este es el valor que posee  todo hombre que acepta, en última instancia, el enorme y solitario fardo de su condena. Por eso y, salvo algunas excepciones, siempre me he sentido más identificado  con los escritores o los poetas, que con los filósofos. Claro que cuando Macbeth reconoce que solo se atreve a hacer lo que es propio de un hombre, porque quien se atreve a más no lo es, está ejerciendo de ambas cosas a la vez. ¿Y quién podría entonces reducirlo sin más al crimen que secunda? La resistencia es tortuosa, paradójica y solitaria, pero nunca es patria de cobardes.

La resistencia y la vida (II)

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