El Quijote

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La melancolía no es una enfermedad de las librerías, sino de los libreros. Una tristeza vaga, permanente y sosegada por la edad; pero también es un estado de tranquilidad. Es un estado de nostalgia quizás ensoñadora que ocurre cuando algo de repente te falta y lo percibes como definitivo. Antes de tomar el aspecto de supermercados, las librerías eran ágoras, lugares de discusión, encuentros y novedades de libros; de trasmisión de saberes. A diferencia de un supermercado, en una librería nunca puede haber prisa. Ella no te expulsa, te acoge, te protege. El librero es un anfitrión, el sumo sacerdote de esta ceremonia colectiva que son las palabras. Con el cierre de la librería El Quijote se cierra una época, una forma de concebir la lectura y el libro y quizás también la soledad que se respiraba entre sus estanterías. El libro pasa de ser sagrado a ser como la salsa de tomate que se compra en cualquier gran superficie. No, la melancolía es también nuestra.  Con José Luis se va Cardoso Pires, Monterroso, Torga y parte de mi infancia.

El Quijote