REPRESENTACIÓN

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Stefanie Claudia Müller, corresponsal alemana en España de varios periódicos germanos, además de economista, publicaba días pasados un extenso artículo sobre la situación española. Del conjunto de aspectos que trata, que van desde las dificultades de la deuda española hasta la cuestión social o el estado de precariedad que afecta a millones de ciudadanos, sobresale expresamente el que atañe a la clase política.

Dice Müller que “la razón de la enfermedad de España es un modelo de Estado inviable, fuente de todo nepotismo y de toda corrupción, impuesto por una oligarquía de partidos en connivencia con las oligarquías financiera y económica, y con el poder judicial y los organismos de control a su servicio”. En España –continúa– “no existe separación de poderes, ni independencia del poder judicial, ni los diputados representan a los ciudadanos, solo a los partidos que los ponen en una lista”.

Cuestión esta última sin duda incontestable dado el sistema electoral establecido desde la Transición, encaminado, como se sabe, a impedir la atomización del Parlamento con el objetivo, en ese momento, de afianzar el Estado de Derecho posterior a la dictadura franquista. No podía ser más oportuna la reflexión tomando como referencia los acontecimientos del pasado martes en Madrid.

Se sabe, se conoce, que para distraer lo verdaderamente importante no hay nada mejor que hablar de otra cosa. Dejando al margen las diferentes y antagonistas valoraciones sobre la carga policial que se saldó con heridos y detenidos, así como los contenidos verbales, o laríngeos –a tenor de la incontinencia verbal que supone equiparar una protesta bajo el paraguas del Estado de Derecho con el deseo explícito de vulnerarlo, como fue el caso del intento de golpe de Estado de 1981–, lo cierto es que a sus señorías, al menos a la inmensa mayoría, parece venirles un tanto al pelo que la discusión, o el debate, se vaya más por lo que les interesa que por lo que no.

Lo cierto es que el contenido de la protesta tiene, o tenía, que ver mucho más con eso que Müller cuestionaba sobre la capacidad representativa de los parlamentarios.

En un país en el que el voto, como ella misma reflejaba, sirve exclusivamente a los partidos y no a los intereses de los ciudadanos, no puede sorprender la crispación, entendida como extremo compositivo del desencanto y el descrédito que sugiere la clase política en general.

Así que, puestos a hablar sus señorías, se puede entender que lo hagan recurriendo a lo “proporcionado” o “desproporcionado” de la carga policial. Mejor de eso que de aquello otro, que no es sino cuestionar para qué están en donde están.

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