Una Iglesia honesta, pobre y activa

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Comprendo la dificultad de tener que resumir en una sola crónica y en un solo titular la densa información de toda una jornada. Pero no hay cosa peor que las citas a medias y, muy especialmente, cuando de ellas sólo se ofrece la parte que sirve a intereses particulares. El pensamiento del citado o mencionado queda así  incompleto cuando no falseado.
Muchos han sido los mensajes que el papa Francisco ha dejado a lo largo de su semana en Brasil, donde ha asistido y presidido los grandes actos de la Jornada mundial de la Juventud (JMJ).
Todos ellos, muy en línea con esa visión de la Iglesia de la que él viene dando testimonio personal en sus todavía pocos meses de pontificado. Una Iglesia austera y comprometida con los mundos de la marginación económica, social y cultural.
Tal vez por razones de diferencia horaria, tengo la impresión de que su discurso o alocución ante las autoridades civiles brasileñas ha pasado aquí un tanto desapercibido. Sólo se ha destacado del mismo la referencia a la laicidad del Estado como garantía de la convivencia pacífica entre las distintas religiones.
Pero, como digo, no hay cosa peor que las citas a medias. Y es que a renglón seguido el papa Francisco puso el acento en ese Estado laico que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia de la dimensión religiosa de la sociedad, favoreciendo sus expresiones más concretas. Es lo que se conoce como laicidad positiva del Estado.
Mensaje este –creo– de especial interés para nuestro país, donde todavía esa laicidad se entiende en el mejor de los casos como la del Estado a modo de espectador pasivo, cuando no tal laicidad se pretende predicar también de una sociedad de la que debe desaparecer toda referencia religiosa.   
En la misma línea de pensamiento, dijo también el Papa que  “es imposible imaginar un futuro para la sociedad  sin una incisiva contribución de energías morales en una democracia que se quede encerrada en la pura lógica o en el mero equilibrio de la representación de intereses establecidos”. Y concluyó: “Considero también fundamental en este diálogo, la contribución de las grandes tradiciones religiosas, que desempeñan un papel fecundo de fermento en la vida social y de animación de la democracia”.
Ello sintoniza con otro de los grandes mensajes del Papa Francisco –el ya conocido como “el nuevo párroco del mundo”– a lo largo y ancho de la JMJ brasileña: la necesidad de una Iglesia activa; la necesidad de que el creyente salga a la calle;  de que sea agente positivo del cambio; de que ofrezca  una respuesta cristiana a las inquietudes sociales y políticas de cada país. No sólo ver y dejar pasar.

Una Iglesia honesta, pobre y activa