Aquella Semana Santa

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Es indudable que la Semana Santa, desde tiempo inmemorial, está estrechamente ligada al acerbo de nuestro país, en sus ámbitos religiosos, culturales, sociales, turísticos o incluso lúdicos, si se me permite incluir esta última consideración. Debemos señalar que existen tres zonas de España donde la Semana Santa se conmemora, se celebra o se vive de manera distinta, sobre todo en los aspectos de las manifestaciones procesionales y públicas. Nos referiremos, en primer lugar, a la Semana Santa del sur de España, que englobamos a la andaluza y a la murciana, con especial atención a Sevilla, Granada o Cartagena, donde los cánticos de las “saetas” o el obsequio de caramelos en la zona murciana, les dan un aspecto más lúdico o distendido, sin desmerecer, por ello, el fervor religioso. En el centro de España, en la Castilla más austera y recogida, las procesiones de Valladolid o Zamora son mucho más ascéticas, y la Semana de Pasión se vive de manera menos ruidosa que en el sur español. Por último, hallamos la Semana Santa norteña, con especial atención a nuestro Ferrol o a Vivero, donde las manifestaciones procesionales se han visto influenciadas, sobre todo por la presencia de los marinos de guerra entre los ferrolanos, que habían estado destinados en Cádiz o Cartagena, e incorporaron a nuestra Semana Santa, en tiempos pretéritos, diversos matices de aquellas zonas. Alguno de estos, como el obsequiar con caramelos durante los desfiles procesionales, parece haber caído en desuso, permaneciendo el de los recordatorios o “estampas”.
Permitidme que abuse un poco de ser “abuelo cebolleta” y recuerde con vosotros aquel “tránsito” que muchos jóvenes ferrolanos de mi generación seguimos con el paso de los años. Recuerdo que, de niños, ingresábamos como cofrades en una como era la de San Juan Evangelista y, ya de jóvenes, nos cambiábamos a la del Cristo de la Misericordia, los que pertenecíamos a Dolores, y otros compañeros lo hacían en Jesús Nazareno, el Cristo Yacente o Nuestra Señora de las Angustias. Ya con 18 o 19 años de edad nos hacíamos “portadores de tronos”, ya sin hábito, con camisa blanca y pantalón vaquero. Muchos de nosotros, cuando marchamos a estudiar fuera de Ferrol, o dejamos de procesionar o lo hacíamos en aquellas cofradías de adultos, como era la del Santo Entierro.
En particular, cuando, durante los últimos años del franquismo, regresé a Ferrol, destinado como oficial del Ejército, los actos religiosos eran de obligada asistencia, jamás cuestionada, y varias veces fui nombrado integrante de la comisión de jefes y oficiales  para asistir, vistiendo  uniforme de gala, a los Santos Oficios, o fui designado para mandar una Sección de Tropas, que habría de escoltar a determinado trono en los desfiles procesionales. Hoy en día si que se cuestiona la presencia castrense en los actos de Semana Santa y es necesario aclarar que ahora la asistencia de militares es absolutamente voluntaria y no forzosa.  Las opiniones sobre la conveniencia o no de la presencia de las Fuerzas Armadas o de Orden Público en las procesiones son variadas: a unos les gusta y a otros no. Como siempre.
 

Aquella Semana Santa