Federico

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Al alba, cuando los primeros luceros roban el alma a la noche perdida, mataron a Federico. Al alba, cuando ya las chicharras amarillas de las vegas granadinas no cantan, fusilaron a Federico. Al alba, cuando el silencio derrite la magia de las estrellas y las lunas oscuras, traspasaron a Federico. Al alba, cuando los cobardes inclinan la cabeza y esconden su fechoría, dieron muerte al poeta. Mataron al hombre. Sin juicio, sin culpa, sin pecado. Lo mataron.  Junto a él un maestro, y dos banderilleros. Federico, Dióscoro, Francisco y Joaquín fueron ejecutados. Paseados, silenciados, posiblemente torturados. Entre olivos. Enterrados y vejados, arrojados a la tierra sus cuerpos acribillados por el odio, la sinrazón, la locura, la ira, la vergüenza y la ignorancia de la bestialidad humana.
Secó la pluma, quebró el verso para siempre, la fuente y la inspiración. Cortaron el alma desgarrada, callaron el cante jondo más profundo y místico.  Sus romanceros y sus noctívagas tertulias, la música y las operetas. No fue un error, fue una estrategia, un asesinato selectivo, buscando la ejemplaridad y el terror, el miedo y la irreverencia, la losa en las largas noches de piedra y temor que envolvieron en la polvareda más negra a este país de terciopelos y pendones enlutados y falsos afligimientos. 
Ochenta años después las incógnitas y las circunstancias que rodearon su asesinato así como el lugar exacto donde están los restos de los cuatro fusilados sigue siendo una constante, incierta y dubitativa. Su obra convirtió al hombre en poeta universal y dramaturgo sublime. Su talante, su impulso hacia la cultura de un país atrasado e ignorante, analfabeto y profundamente clasista debelaron su enorme compromiso con la gente, la sociedad, el arte, la literatura, los pueblos y el alma pobre de un país plural. Solo así se concibe La Barraca y el vuelco del autor de las bodas de Fígaro, del romancero gitano con una España abocada a la tragedia y el conflicto. 
Tal vez la guerra sólo acabó definitivamente cuando “la concordia fue posible”, casi cuarenta años después. Cuando los españoles decidieron apostar por la reconciliación, la amnistía y una buena dosis de amnesia, necesaria sin duda para pasar página al horror de la guerra. Una ley de memoria histórica aprobada por un gobierno socialista abrió fosas, cunetas, barrancos, lechos de río. Pero son cientos las que quedan sin abrir. No hay dinero para las pruebas de adn en las exhumaciones. No son pocos los organismos y entidades sin ánimo de lucro extranjeras las que han pagado los gastos de exhumación e identificación. Pronto los últimos testigos de aquel drama, en su caso hijos, hermanos de quiénes fueron fusilados desaparecerán. El resto, silencio, noche, portazos. En varias ocasiones se ha intentado localizar físicamente la fosa donde está Federico y sus tres compañeros de tragedia y desgarro. Se diluye la memoria, sobretodo la presencia de los testigos, los ojos que vieron y no quisieron ver, los oídos que escucharon y no quisieron oír. Se han cumplido ochenta años del inicio de aquella terrible e infausta guerra. Rasgad el alma, escarneced el dolor. Ocho décadas después de aquella terrible tragedia, de aquella España que se odió hasta la extenuación y que una parte heló el corazón de la otra como dijo el poeta, muy poco hemos aprendido. El asesinato de Federico simboliza como pocos el triunfo de la brutalidad, la incultura, el desprecio y la peor de las caras de un país. Y al morir no le enterraron bajo la arena con su guitarra, le arrojaron a una fosa de raíces rotas y miedos agónicos.

Federico