Don Pelayo

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No recuerdo muy bien cuando me enteré de la existencia de don Pelayo, el famoso caudillo asturiano que inició la resistencia cristiana en la Península frente a los musulmanes. Supongo que sería muy joven, incluso un niño, pues estos temas histórico-patrióticos formaban parte importante de la formación que recibíamos los que estudiamos el viejo bachillerato, implantado en los años cincuenta del pasado siglo. Ya en lo que se llamaba el examen de ingreso, después de la primaria, nos preguntaban por estas cosas, además de las tablas de multiplicar y de algunas normas ortográficas.
Supongo que se trataba de asegurar unos conocimientos básicos, aunque fueran muy elementales. No sé si saber quién fue don Pelayo me ha servido de algo; la verdad es que mal no me ha hecho. Lo contario, el desconocimiento de este tipo de datos históricos más o menos relevantes, sí que puede resultar negativo. La ignorancia nunca es buena, sobre todo cuando vivimos en el único país que habiendo sido islamizado, en su momento dejó de serlo.
Don Pelayo fue en efecto el iniciador de la “Reconquista”: proceso secular por el que hoy España es un país europeo y no se llama Al-Andalus. Así que el asunto tiene más enjundia de lo que parece, sin que sea fácil entender que su existencia, la de don Pelayo, sea ignorada incluso por estudiantes universitarios y de facultades de letras.
Se trata sin duda de la punta de un iceberg de una ignorancia que, sobre todo en asuntos culturales, aqueja a buena parte de nuestra sociedad. Es verdad que en la actualidad para enterarse de algo tan solo es necesario entrar en internet y preguntarlo, pero suele ser una búsqueda de información casi siempre ocasional, por pura curiosidad o necesidad circunstancial; sin que aporte verdadero conocimiento: una especie de consumo cultural de usar y tirar, tan acorde con la mentalidad predominante. 
Por otra parte, a estas alturas, interesarse por don Pelayo en internet puede resultar hasta raro: hemos trasladado, en la medida de lo posible, la sabiduría humana a unas máquinas que, con mayor o menor rigor, eso parece ser lo de menos, simplemente nos informan cuando lo necesitamos. Pero cabe preguntarse: ¿quién precisa hoy saber nada de un individuo de hace mil trescientos años? A diferencia de los viejos libros, que nos introducían en ese pozo de sabiduría que es el pasado humano, los usos culturales en la red, aunque nos ayuden, no siempre nos proporcionan la formación la humanística que precisamos. 
Desde luego, no podemos echarle la culpa de la superficialidad reinante a internet, que podría llegar a ser un magnífico medio para superarla: viene de atrás y hay muchos otros factores que la fomentan.

Don Pelayo