Las comparaciones

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Las comparaciones son odiosas pero ayudan a ver claridad donde hay ceguera. ¿Qué cosa es, que cuanto más grande menos se ve?

Tal el culebrón del preso etarra Iosu Uribetxebarria Bolinaga, su cáncer terminal y libertad sin arrepentirse ni pedir perdón a sus víctimas.

Un cruel asesino deshumanizado y su petición para salir de la cárcel en nombre de un buenismo humanista… Al lado suyo compruebo hechos similares y estudio en profundidad qué separa unos de otros.

“En cuanto a mi próxima muerte, la espero sin jactancia, porque nunca es alegre morir a mi edad…”. Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vertiera en discordias civiles. “Perdono con toda el alma a cuantos me hayan podido dañar u ofender, sin ninguna excepción, y ruego que me perdonen todos aquellos a quienes deba la reparación de algún agravio grande o chico”.

Lo escribió en su testamento ológrafo un tal José Antonio, al día siguiente de ser condenado a la pena capital por un tribunal popular.

Y si consultamos la ficción real de héroes novelescos corremos hacia Carlos Fuentes y su personaje Gringo Viejo, que acudió a México en viaje terminal. Los huesos buscándose a sí mismos.

Morirse como último dolor experimentado. O ser “afusilado” por las tropas del revolucionario Pancho Villa cuando ya era cadáver.

Morir despedazado delante de un paredón mexicano no era una mala manera de despedirse del mundo. “Es mejor que morirse de anciano, de enfermedades o porque se cayó uno por la escalera…”.

La muerte física o moral suele ser confirmación de cómo se ha vivido. Lo explica muy bien el criminal Raskólnikov, por boca de Dostoievski, cuando Ana lo visita en el presidio en donde cumple condena y le confiesa su amor.

Era hasta tal punto dichosa, que casi le asustaba su felicidad. ¡Siete años, sólo siete años…! Considerados como siete días, abstracción de que la nueva vida había que comprarla con sus dolores y aflicciones.

 

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