El enredo francés

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icen que de lo sublime a lo ridículo hay un paso. Y eso es lo que está ocurriendo en los ambientes políticos franceses, muchos de sus personajes se han convertido en una especie de saltimbanquis que nadie en su sano juicio puede tomar en serio. 
Alguna vez el que más y el que menos sintió cierto embeleso por todo lo que pasaba en la casa de nuestro culto vecino. Aunque eso fue hace tiempo. Desde hace unos años el país que protagonizó el asalto a la Bastilla dejó de encandilar, ya no es el faro-guía de antaño. Hoy está sumido en una profunda y, posiblemente, sostenible mediocridad, situación nada envidiable para cualquier nación que se precie.
Hoy muchos franceses y francesas añoran la época del general De Gaulle. Sin duda, fue un período dorado para la nación. Este hombre fue el responsable de devolverles el orgullo nacional, un orgullo que además estaba bajo mínimos, debido a la pérdida de las coloniales de ultramar y la humillante derrota sufrida ante la Wehrmacht alemana en la II Guerra Mundial. Aunque al final el país no fue agradecido con el viejo y laureado militar, puesto que lo dejaron solo, tan solo se quedó que se sintió moralmente obligado a dimitir. Cosa que hizo en 1969.
La realidad es que los franceses le deben a De Gaulle muchas cosas. Además de un gran bienestar social le deben la construcción de la V República y la independencia política, económica y militar, de las que disfrutarían durante muchos y plácidos años. Hoy, para su infortunio no gozan de ninguno de esos privilegios. En lo militar, fue el responsable de llevar a buen puerto la vieja idea de Pierre Mendés France, un político que había sido primer ministro y que soñaba con dotar al país de una fuerza importante de disuasión (nuclear); De Gaulle no quería que la defensa nacional quedara en manos de fuerzas extranjeras como la OTAN. 
A pesar de todos sus méritos los universitarios de aquel mayo caliente del 68 (en su mayoría trotskistas, maoístas y anarquistas) decidieron poner fin al gaullismo. 
Lo curioso es que muchos de aquellos “revolucionarios” llegaron más tarde al poder agazapados en las filas del socialismo francés, lo que significa que se pusieron a las órdenes del poder financiero, formando una nueva casta que es la que dicta hoy la desastrosa política francesa. Ellos son los responsables de promover las políticas fracasadas como el liberalismo, el multiculturalismo, el europeísmo, etcétera; son los que convirtieron a Francia en una especie de “tierra de nadie” y los que dilapidaron los valores de la V República. 
Esta casta política es la culpable de que los jóvenes descendientes de inmigrantes no se hayan integrado, de que no se sientan franceses, a pesar de haber nacido en Francia, de que vivan en “ghettos” y de que estén creando una cultura aparte dentro de la propia Francia, una cultura que ni siquiera es la de los países de sus padres o abuelos. Hoy en muchas ciudades francesas existen barrios que son como pequeñas tribus, disociadas por completo de la corriente principal. 
No hace falta ser un lince para darse cuenta que con este cuadro social, político y económico el futuro del país galo está en entredicho. Además, está sufriendo la combinación de dos fuerzas muy poderosas. La primera es la actual UE, y la segunda los inmigrantes. Y no hay que olvidar que las dos son disolventes.
La confusión y el engaño son tan grandes, que uno de los ejemplos más decadentes y esperpénticos es el que llevan a cabo los socialistas franceses. Sus líderes han tenido la desvergüenza de pedir abiertamente el voto para Macron, ni siquiera abogaron por la abstención, o que cada cual votara lo que le dictara su conciencia como hizo Mélenchon. No. Solicitaron abiertamente el voto para un hombre que representa  a los banqueros, a las bolsas de valores, a los burócratas de Bruselas, y a todo aquello que condujo a Francia a la división, al estancamiento económico y a su actual crisis de valores.
Las encuestas lo dan como claro ganador el próximo domingo. Lo que significa que las cosas no van a mejorar para el pueblo francés, sino que en realidad van a empeorar.
 

El enredo francés