MÉRITO PROPIO

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La frase “por méritos propios” es el mayor elogio que puede hacerse de una persona, en reconocimiento a sus méritos en cualquier campo de la actividad humana. El mérito es esencialmente una cualidad personal. Por eso, en cierta medida, hablar de mérito propio es una redundancia. Pero ello no impide que el triunfo del mérito deba ser reconocido y apreciado por la sociedad.
Es cierto que el mérito lo tienen las personas pero la sociedad que no se lo reconozca, incurre en el subdesarrollo y en la mediocridad. Además del reconocimiento debido a la excelencia del mérito, también deben valorarse y distinguirse socialmente las obras meritorias, es decir, aquellas que incorporan el mérito a la realidad de la vida social, haciéndolo objetivo y de mayor permanencia y claro ejemplo. Defender la meritocracia es agradecer a los mejores su esfuerzo, sacrificio, talento y entrega a los demás.
No se trata de encumbrar a los más poderosos, ni a los más ricos. Esto sería plutocracia. Se trata de lo que los griegos llamaban aristocracia o gobierno de los mejores o más  sabios.
Es evidente que decir de una persona que “se hizo a sí misma” o que es “autodidacta” es igualmente un título de honor que se le otorga al que triunfa o destaca en los distintos sectores de la visa social y lo hace con escasos medios y sin apenas ayudas o apoyos. Es en el mundo anglosajón, por su sentido práctico y emprendedor, donde se destaca excepcionalmente al “self made man” el hombre hecho a sí mismo. En estos casos, el mérito se acrecienta por la dificultad de alcanzarlo y el mayor esfuerzo que exige para conseguirlo.
Teniendo en cuenta los réditos favorables que el mérito de las personas reporta a la sociedad, sería un despilfarro imperdonable que ésta no los apoye y proteja como se debe y merecen.
Las becas por razones económicas son necesarias para que exista una auténtica igualdad de oportunidades; pero las becas por mérito y capacidad son las que permiten mejorar las condiciones de vida de la sociedad y asegurar su progreso y desarrollo.
No invertir en educación, investigación, desarrollo e innovación es renunciar al futuro. Es malograr o desaprovechar futuros y posibles talentos. Es no apostar por el avance científico y técnico e instalarse en el atraso y ser el vagón de cola de la competitividad a nivel global.
Reconozcamos, pues, que para que avance una sociedad, debe tener el mérito de saber premiarlo y reconocerlo.

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