CORTINA RASGADA

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Cuando uno piensa en Alfred Hitchcock no piensa, creo yo, en el prototipo de cineasta comprometido. Ni con la política, ni con la lucha social, ni con otro cualquier tema candente que exija al artista un posicionamiento que va más allá de lo estético y se traslada al ámbito de lo ético. Hitchcock parece solo comprometido con su ombligo, con la exploración de sus fetichismos y obsesiones cuando su talante es más oscuro y con la inane tarea de divertirse.

Entonces, ¿cómo explicamos dos películas como “Topaz” y la “Cortina rasgada”, rodadas en plena guerra fría y con el siempre explosivo material de la traición? ¿Es posible que nos encontremos ante un Hitchcock comprometido, que desea darnos su particular visión sobre el período de demencia que atravesaba el mundo? La pregunta es tan interesante como escurridiza, pero puede desviarnos de lo interesante en la labor del maestro inglés: el cómo. Siempre el cómo.

La articulación intriga/suspense vertebra el cine de Hitchcock a quien le gusta de jugar con estos motores narrativos. Pocos ejemplos tan nítidos encontramos como en la primera hora de “Cortina rasgada” de qué entiende por suspense e intriga. Suspense. La duda de Sarah y la cámara que expresa esa duda o bien obligándonos a mirar a través de sus ojos o bien moviéndose con el personaje como si su voluntad estuviera sometida a él.

Intriga. El riesgo de Armstrong, el juego de engaños, persecuciones y combates que el espectador debe sufrir con el héroe sintiendo como incierto su resultado. El resto: anillos de humo. Bellos de observar. Pero frágiles y evanescentes.

CORTINA RASGADA