Gosia Trebacz y Alfonso Caparrós

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La pintora polaca Gosia Trebacz y el médico Alfonso Caparrós muestran en la galería Monty4 sus dispares mundos plásticos que, no obstante, tienen como inspiración común el mar. El mar y sus fantásticas formas que dormitan sumergidas en el inconsciente, –como sumergida estaba la capacidad transformadora en la Sirenita de Andersen hasta que la iluminó el amor–, es lo que A. Caparrós da a luz en sus esculturas confeccionadas con maderos encontrados en las playas, una pasión que algunos compartimos de antiguo. Y el mar, no como paisaje para contemplar, sino como arquetipo de las caóticas aguas primigenias, de la oscura madre en cuyos vaivenes se agitan luminarias y peces abisales, es lo que motiva la pintura de Gosia, confeccionada con valientes aguadas que demuestran un inusual dominio de la mancha y de sus polivalentes sugerencias.

Y es quizá esta capacidad para percibir más allá de la apariencia lo que aproxima ambas obras; pues si Caparrós puede ver asomar entre los huecos carcomidos de las raíces marinas al mismísimo dios Neptuno o puede convertir una rama pulida en la andariega y mítica María Balteira o, incluso dar vida al rostro de la poeta Luisa Villalta, G. Trebacz puede hacer que las tintas que derrama sobre el papel la lleven hacia los confines de las figuraciones abiertas; además, los dos participan de un expresionismo feroz, lo cual es bastante afín con el temperamento eslavo y no deja de estar también en la raíz del alma gallega. La diferencia más notable entre ambos es que Caparrós, en lo informe, busca las formas conocidas del mar: pulpos, faros, morenas, besugos, dragones, peces espada... e ilumina la monocromía grisácea de la madera corroída por las sales marinas con una variada policromía; por el contrario, Gosia se mantiene casi exclusivamente en la escala de los grises, con leves incursiones al blanco al azul o al naranja y da vida a formas abstractas y a signos como flechas, cruces, letras o escrituras que vienen siendo criptografías cuya finalidad es puramente plástica, pero que dejan asomar también un drama latente, una tensión continua entre la luz y la sombra.

La obra de Caparrós se puede calificar de lúdica, aunque hay un pathos también latente en la torturada materia que ha advenido a estas esculturas, tras sabe Dios qué largos periplos. Ello justificaría que usen como título la frase popular: “Me cajo en la mare, neno”, donde toda la filosofía de un pueblo que sabe transformar el dolor en humor está condensada.

 

Gosia Trebacz y Alfonso Caparrós