Anuncio de la Navidad

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Dicen los entendidos que a pesar de su diversidad,  de no haber sido redactados muchas veces de un tirón y de abarcar un periodo de más de cuatro siglos, los libros proféticos del Antiguo Testamento –dieciséis– comparten una misma espina dorsal: la esperanza mesiánica.  

Cada libro tiene mucho que ver con el personaje que lleva su nombre y con su doctrina, independientemente de que algunas de sus secciones fueran escritas por el propio profeta o por el amanuense y discípulos de turno. En este sentido,  Isaías (siglo VIII a.C.) es considerado como el portavoz o mensajero que con mayor claridad y fuerza anunció el advenimiento del Mesías. 

Es razón –pienso– más que suficiente para que  la Iglesia le haya reservado casi en exclusiva la primera de las lecturas litúrgicas de estas últimas semanas; esto es, del tiempo de Adviento que está a punto de concluir, previo a la Navidad.

No en vano es también, después de los Salmos, el texto del AT con más presencia en el culto. Y por eso no es extraño que la iconografía completara el misterio de la Navidad con elementos tomados de este libro profético –por ejemplo, el buey y la mula–  que ni siquiera están citados en el Nuevo Testamento. 

Son palabras dirigidas al pueblo judío desterrado en Babilonia después de la destrucción del tiempo de Jerusalén. Un pueblo que había perdido la esperanza del regreso a la ciudad santa en ruinas. Se trata de unos pasajes llenos de belleza literaria y fuerza expresiva, donde  una  Naturaleza que revive en todo su esplendor es la  imagen del tiempo de esperanza, concordia y alegría que con tanta ansia se esperaba.  

Manantiales, canales, cauces de agua, ríos, vergeles, anchas praderas y bosques surgirán por doquier. Serán tiempos también de cosechas abundantes y suculentas. Animales en principio enemigos convivirán en armonía. Bueyes y asnos que trabajan en el campo comerán forraje fermentado, aventado con pala y con rastrillo. La estepa florecerá como flor de narciso. La luz del sol será como la luz de siete días. Es la época del Mesías como un nuevo paraíso; la gran esperanza que pregona el profeta. Seguro que hoy Isaías bien podría ser considerado como el profeta ecologista.  

Con palabras de Benedicto XVI,  cabe recordar que el término “adventus” es palabra latina que podría traducirse por “llegada”, “venida” o “presencia”. En el lenguaje del mundo antiguo era un término técnico que indicaba la llegada de un funcionario, en particular la visita de reyes y emperadores, pero también podía utilizarse para la aparición de una divinidad, que salía de su morada oculta y así manifestaba su poder divino.

Para el orbe cristiano el Adviento nos prepara a la fiesta de la Navidad, memoria de la encarnación de Cristo en la historia; de un Dios que viene al encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento.

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