ENSAYO GENERAL

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El lunes pasado comentaba en esta columna que no está lejos la desaparición del pequeño comercio tradicional de nuestras ciudades a causa de las amenazas que se ciernen sobre este sector y un ensayo general de esa futura “ciudad sin tiendas” ya se vislumbra en algunas áreas comerciales de A Coruña, sobre todo en el centro urbano, la zona que se agrupa bajo la denominación de “área Obelisco”, que hasta hace unos pocos años también era el centro comercial por excelencia.
En cada portal había un negocio y ahora mismo son decenas los locales comerciales cerrados, otros muchos están en proceso de liquidación de mercancía y las aperturas habidas en los últimos meses corresponden a establecimientos de compra de oro, negocio especulativo que surge en época de crisis para aprovecharse de la desgracia ajena..
 El ejemplo paradigmático del declive comercial –cercano a la desaparición del comercio– está en la calle San Andrés, antaño una rúa prestigiosa y de referencia, una especie de milla de oro comercial e inmobiliaria dentro de la configuración de la urbe. La calle fue envejeciendo poco a poco sin que nadie se preocupara de rejuvenecerla, adecentarla, hacerla atractiva para coruñeses y visitantes y competitiva para el comercio de siempre. Hoy es una calle con un tráfico agresivo, que presenta un estado de deterioro y abandono lamentables, sin vida ciudadana y comercial a pesar de la rehabilitación y reconstrucción de algunos inmuebles. Parece que el gobierno local tiene intención de recuperar esta emblemática calle, pero temo que su “enfermedad” está tan avanzada que va llegar  tarde.
¿Se puede cortar la sangría del comercio coruñés, que también afecta a otras ciudades? Los expertos invocan la asociación de los pequeños y más flexibilidad de horarios y días de apertura para resistir frente al comercio digital, permanentemente abierto, y a las grandes superficies. Pregunté a un veterano comerciante coruñés si era partidario de esa liberalización horaria –como la de Madrid– y su respuesta fue contundente: “me gustaría vender la mercancía de lunes a viernes aunque no tendría inconveniente en abrir sábados y domingos, pero tal como están las cosas me sobran días para tan pocas ventas”.
Con todo, hay vida para el pequeño comercio que debe convertir las amenazas en buenas oportunidades y aprovechar sus fortalezas, que son muchas, para seguir compitiendo y volver a cautivar a una clientela que ahora está deslocalizada. Por ahí y por no sucumbir a la tentación del pesimismo en esta situación de crisis pasa su salvación.

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