Pasajeros invisibles

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Amí el escándalo de Vueling no me ha sorprendido. Hace cuatro años volé con esa compañía a Palermo y se perdieron las maletas en todos los trayectos. A la ida cuando ¡por fin! conseguimos recuperarlas ya teníamos que volver, por lo que tuvimos que comprarnos allí de todo lo necesario para sobrevivir, y a la vuelta a Madrid nuestro equipaje no apareció jamás.
Aquel fue un viaje accidentado, con muchas horas de retraso y un descontrol total, cosa que comuniqué a la dirección de la compañía y a su gabinete de prensa tras intentar que alguien me atendiera sin éxito. Al final se nos indemnizó con una cantidad mínima por la pérdida del equipaje y opté por la solución drástica de no volver a utilizar esa compañía aérea que en los últimos días ha provocado el caos entre miles de ciudadanos.
Es verdad que a la nefasta planificación de Vueling, que programó más vuelos de los que podía ofertar, se unió la huelga de controladores en Francia, pero eso no es excusa para que se depuren responsabilidades de todo tipo, ya no sólo por los perjuicios económicos y morales causados a sus clientes sino por el caos y la imagen penosa que dan los aeropuertos en nuestro país en plenas vacaciones y con gran afluencia de turistas.
Se ha dicho que pensando solo en el incremento del negocio, la compañía opera al límite de tiempo con sus aviones y sus tripulaciones, de forma que incumple los slots asignados hasta que llega un momento en el que tiene que cancelar los vuelos que no le caben en el tiempo asignado. Según “El Mundo”, Vueling está ofreciendo este año más de 400 rutas, con 108 aviones y 700 operaciones diarias en una estrategia de crecimiento para hacer frente a las grandes low cost como Ryanair que se ha demostrado desmesurada. “Estaba incrementando un 18% los pasajeros transportados por kilómetro ofrecido, un ritmo al que no ha podido hacer frente, como se ha demostrado estos días”.
De hecho, los trabajadores de la compañía ya se habían quejado a la Agencia Estatal de Seguridad Aérea de los problemas de programación y el Ministerio de Fomento le ha obligado a reestructurar su oferta de vuelos para adaptarla a su capacidad, lo que supondrá perder un buen número de pasajeros y dañar a una reputación que ya está en entredicho. Más allá de que los ocho mil pasajeros afectados sean resarcidos, tal como ha dicho la empresa, temas así deben tener sanciones inmediatas de la administración para que evitar los abusos que siempre se producen en momentos clave.
Cuando los viajeros se encuentran en una situación como la vivida en el aeropuerto del Prat se les convierte en invisibles, no se les facilita información y se les trata de un modo intolerable como si el hecho de volar con una compañía de bajo coste tuviera como añadido el maltrato a los clientes.
Si estas compañías están ahí es porque hacen negocio y debe ser lucrativo porque si no, no existirían. Pero lo que no tiene un pase es que sean los usuarios –el eslabón más vulnerable– los que paguen las carencias, la falta de previsión, de control y vigilancia .
Cuando no es una huelga es una excusa y la falta de puntualidad incluso la cancelación de vuelos de todas las compañías es el pan nuestro de cada día, lo cual no tiene un pase. ¿Cuál es el valor del tiempo perdido? Esa es la gran pregunta y la respuesta recurrente de algunas compañías es “cero patatero” porque consideran que los viajeros no tenemos derechos y de tenerlos los pisotean con total impunidad. ¡Basta ya!  

Pasajeros invisibles