Sainetistas y fariseos

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Cuando vemos un alcalde –el de Baralla– declarar públicamente, que los que fueron condenados a muerte durante el franquismo sería porque lo merecían, o un diputado autonómico –el señor Beiras– decirle al señor Rajoy que “os mortos son seus”, en referencia a los fallecidos en el accidente de Angrois, uno piensa en las pocas posibilidades que tiene el país.
No podemos cambiar la historia mediante decretos, ni derrumbando o levantando estatuas, ni siquiera quemando sus libros. La historia puede gustar más o gustar menos, pero está ahí, lo cual quiere decir que tenemos que cargar con ella, además de respetarla. Es como con las historias familiares, puede que haya personas en ellas que no gusten –a lo mejor un abuelo, el padre, un tío o cualquier otro pariente–, pero no se pueden suprimir. No olvidemos que se puede cambiar de amigos, pero nunca de familia. Así como no podemos cambiar los hechos ocurridos en este país entre 1936 y1939, ni tampoco los cuarenta años siguientes. Sin embargo,  todavía existe gente que a estas alturas no lo ha entendido. Aquí, cuando alguien intenta insultar a otro, lo único que se le ocurre es llamarle “fascista” o “rojillo”, dependiendo de las simpatías políticas.
Algunos, como el alcalde de Baralla (PP), deben pensar que todavía estamos en aquel trágico verano de 1936. Y otros, los que pertenecen a la izquierda de los estómagos agradecidos –en Francia le dicen la izquierda caviar–, deben imaginar que están defendiendo el “Puente de los Franceses” en el frente de Madrid.
Pero así son las cosas en esta querida España; en ella el “yo acuso” es el latiguillo político de todos los días. Algunas personas le harían un gran favor a la nación si decidieran abandonar la política, marchándose a sus casas –o a sus retiros dorados. Ningún ciudadano, después de escuchar las barbaridades expresadas por algunos de sus representantes políticos, debería seguir apoyándolos. Ni en las urnas ni en ninguna parte. Además, de un tiempo a esta parte siguen creciendo –como si no hubiera bastante con la corrupción– ciertos comportamientos políticas inaceptables en una sociedad, al menos en una  democrática.
Hace unos días aparecía la noticia en un periódico, que la justicia había rechazado la demanda que en su día había interpuesto el señor Pablo Cobián (PP) contra el alcalde de Oleiros, donde lo acusaba de haber malgastado el dinero público en la famosa escultura en honor al Che. Hasta ahí estamos de acuerdo, es decir, nos parece perfecto que se mire por el erario. Pero hay que ser coherentes, puesto que esa misma política debería regir siempre y en todo lugar.
Al señor Cobián se le olvidó  denunciar otros atentados al erario, como la escultura levantada en el aeropuerto de Castellón que costó 300.000 euros. Además –y esto es lo peor– para un aeropuerto sin aviones. No cabe duda de que estamos en un país de sainetistas y fariseos. El futuro de cualquier nación queda hipotecado cuando sus políticos pierden la sensatez. Pero sobre todo, cuando pierden la vergüenza. Ya teníamos bastante con Bárcenas, la Gürtel, los ERE andaluces y otras miserias, para agregar todavía más inmundicia a la sentina política.
Cuando observamos el lamentable espectáculo, que día a día nos brindan sus señorías en el Congreso, uno llega a sentir vergüenza propia y también ajena. Si hubiera un líder (¡no un demagogo!), o unos partidos políticos en quiénes poder confiar, seguramente las expectativas hubieran sido más optimistas. Pero con unos políticos que van de escándalo en escándalo, sin aceptar ninguna responsabilidad en los hechos, y que además pierden un valioso tiempo en acusaciones mutuas, es prácticamente imposible poder ser optimista. Además, aquellos que son corruptos difícilmente llegarán a convertirse en personas decentes algún día. Es casi una misión imposible.
Cuando la corrupción alcanza ciertos límites, en los cuales se hace imposible su control, la única solución posible es la regeneración de la vida pública, pero desde abajo. Es decir, tiene que ser iniciada desde los estratos sociales inferiores, pues desde los superiores nunca moverán ficha.

 

Sainetistas y fariseos