Le digo una cosa y la contraria

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ensé en un principio que todo esto de la cuarentena eterna respondía a un sesudo plan de un grupo de sabios. Un llamado “comité científico” que sabía lo que se traía entre manos y actuaba en beneficio de la salud pública y del interés general. Cierto es que los primeros pasos dejaban muchas incógnitas, nos remontamos a aquellas declaraciones de Fernando Simón cuando afirmaba, aparentemente convencido, que a España no llegaría epidemia alguna y que, como mucho, podrían darse “tres o cuatro casos” de contagios importados. Después vimos como Simón vería con buenos ojos que su propio hijo asistiera, si lo deseaba, asistiera a la manifestación del 8M y claro, tratándose de un sabio y de su hijo, todos respiramos cierta tranquilidad y se relajaron nuestros miedos. Ese mismo 8M se celebraron en toda España miles de encuentros deportivos, mítines de partidos y jolgorios varios que acreditaban total normalidad en nuestras vidas, todo seguía igual y la normalidad se imponía. Poco antes, responsables de la OMS, regañaban a los promotores de Mobile en Barcelona por suspender la gran feria internacional que, de haberse producido, sabe Dios a donde nos hubiera llevado. Y claro, si la organización más importante del mundo en cuestiones de salud y los sabios nacionales del comité nos dan tantas muestras de tranquilidad, todos nos apresuramos a censurar otras voces que anunciaban el apocalipsis y cuyos mensajes nos gustaban menos que los de las voces oficiales. Visto lo visto, no puedo entender como, quienes edulcoraron con firmeza la pandemia que nos venía encima, siguen hoy en sus puestos y sin dar explicación alguna sobre sus garrafales predicciones sanitarias. Ya con cientos de mayores falleciendo en sus residencias, los más pertinaces palmeros del gobierno seguían aplaudiendo las celebraciones del 8M y restando importancia a los críticos, a los que descalificaron como “machistas” por poner en duda la idoneidad de los actos celebrados ese señalado día, entre otros varios ministros del gobierno de España. A partir de aquí, el propio Simón llega a afirmar que no veía necesario suspender clases en colegios y universidades ni mucho menos otras medidas restrictivas de las libertades de los ciudadanos. Ya saben ustedes donde y como estamos, eso sí, con cerca de 23.000 fallecidos oficiales y más del doble que, por lo visto, no computan en las estadísticas del Covid 19, pero que ya no están con sus familias ni volverán jamás. Aún así, el gobierno se resiste a declarar un luto de respeto institucional que reconozca el dolor de una nación. Los fallecidos son enterrados en soledad privándoles incluso de la compañía de sus familias. Dicen que un tal Redondo entiende que ese luto no sería positivo para la moral del pueblo. Tratando el asunto que tratamos, hablar de moral es un sinsentido, un absurdo. Súmenle a todo esto las compras de material sanitario con test falsos, made in China, así como contrataciones más que dudosas a empresas de lamentable reputación, pero de esto no podemos hablar más porque el gobierno ha suspendido la página de transparencia en la que se deberían de recoger estos datos. Nos hablan de curvas que suben y bajan y seguimos sumando muertos por cientos cada día. La cuarentena bien entendida que debería confinar a infectados y portadores asintomáticos, se generaliza a toda la población y así llevamos 44 días y los que nos quedan, mientras se hunde nuestra economía y se destruyen empleos por millones ante la perplejidad de gobernantes y gobernados que sabemos lo mismo de virus, nada de nada. Todos esperamos una vacuna milagrosa. Manquiña sería el portavoz perfecto de ese comité, porque “igual que te dice una cosa, te dice la otra”. 

Le digo una cosa y la contraria