Misiva al mejor amor, el de los niños

|

Queridos niños del planetario globo: Permitidme esta pública misiva, a los que sois los más importantes del orbe y la mejor esperanza de futuro, lo hago porque espero que la humanidad, toda ella, reflexione y active un espacio más acorde para la infancia. Como vosotros, yo también lloro ante tantas injusticias vertidas, ante una grandeza que no se inclina ante vos, ante un ambiente que no os permite reír, ante este tormento que los adultos nos hemos inventado unos contra otros. Sabemos que, en cada suspiro de vuestra alma, se nos entrega un abecedario de interrogantes. Tenemos que dar respuestas a vuestros sufrimientos con urgencia. Necesitáis hogares donde espigue el amor, plazas por donde poder jugar a los sueños de la vida, caminos por donde fluya la paz y los gozos, atmósferas que entiendan vuestra inocencia en flor  y no la comercialicen, espacios de concordia atractivos para vuestro crecimiento. Mañana será tarde. El tiempo no corre, vuela, se nos escapa de las manos, y en menos que lanzamos un aliento, al niño no le hemos dejado ser niño.
Se dice que este mundo está más cerca que nunca de acabar con la mortalidad infantil, puede que así sea, pero resulta que veo que cada día se mueren más niños por causas que se podrían evitar. Sin duda, ante estas espantosas realidades, deberíamos acudir en socorro de la infancia y de la niñez desatendida. Sólo hay que mirar y ver sus penurias.
Esta mundializada sociedad habla mucho de los derechos de todos los niños, de todos los seres humanos menores de dieciocho años, pero la fuerza se nos va por la boca. La realidad es bien contraria a lo que se dice. En primer lugar, este planeta se ha vuelto insensible al tener poca consideración con las personas más indefensas.
Todo es callar, todo se reduce a no poder expresarse, a sufrir las atrocidades de los adultos. Comprendéis que un progenitor no es el que da la vida, eso sería demasiado cómodo, una madre y un padre es el que injerta un incondicional amor, a pesar de vuestras debilidades, que las tenéis como nosotros. Vosotros sois los más perjudicados por esta crisis de valores que nos inunda. Se os comercializa como si fuerais una mercancía sin corazón, sufrís las mayores explotaciones, y esta mundialización que debería ser totalmente incluyente y equitativa, todo lo contrario, se muestra fría a los gritos de sus inocentes. Considero, como vosotros, que hemos perdido energía en la atención y apoyo a tantos niños marginados, a los que hemos etiquetado como tales, y a los que no les permitimos levantar cabeza. Se han perdido tantas buenas intenciones con respecto al bienestar de los niños, que habría que tomar nuevas acciones en equipo para que resultaran eficaces, sabiendo que lo que se os dé, en un día no muy lejano, nos lo devolveréis a la sociedad con creces.
Las familias, los tutores legales y las demás personas encargadas del cuidado de los chavales, deberían preguntarse si son felices, y si no lo son, deberían intentar al menos que lo fueran. El desarrollo de una vida sana va más allá de los servicios sociales básicos (tan importante como el pan son las caricias), lo mismo sucede con el acceso a una educación que va más allá de unos contenidos (tan importante como la instrucción son los referentes), o el acceso a una sanidad que también va más allá de unos simples cuidados (tan importante para la curación es el diagnóstico como el cariño que se ofrece). Por tanto, esa felicidad interior  no va a depender de la posesión, sino de lo que representa para sus seres queridos, para la sociedad en su conjunto. Mientras os creáis perdidos, abandonados a un entorno de mendigos, difícilmente os vais a sentir amados. Ahí están las brutales estampas de millones de niños en continuo sufrimiento, intentando reponerse de situaciones especialmente complicadas de violencia doméstica o sexual, a los que habría que proteger con más mimo si cabe.
El mundo cambiará el día que se cree conciencia con la infancia, con la fragilidad de su vida, para que cada vida que comienza a vivir, en su familia o en la sociedad, pueda desarrollarse en un clima gozoso y sereno (como referencia), no en vano el desarrollo de nuestras facultades es lo que nos da en parte la placidez.  No puede haber un objetivo más humano y noble que darle a cada niño el poder de sonreír, de sentirse querido y protegido. Esto debiera ser prioridad de todas las naciones.

Misiva al mejor amor, el de los niños