Una alarmante pérdida de peso

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EL sábado por la tarde, al empezar el partido en lo que antes era Riazor, y que no comenzará a serlo de nuevo hasta el verano del próximo año, había sobre el terreno de juego dos Deportivos y en los banquillos otros tantos flacos. Cuando el árbitro –¡qué pena que Jaime Latre no haya elegido otros menesteres para entretenerse durante los fines de semana!– pitó el final del encuentro seguía habiendo dos Deportivos, uno más maltrecho que el otro, pero los flacos se habían reproducido y sumaban varios miles. Se trataba de los aficionados, a quienes se les habían esfumado –mejor dicho, les habían arrebatado– kilos y kilos de ilusión. Y lo peor es que da la impresión de que los gramos que aún conservan volarán como si los impulsase un viento de esos que levantan cubiertas, cuando en realidad se los llevará por delante un Deportivo –con su correspondiente flaco en el banquillo incluido– incapaz de sobreponerse al mínimo contratiempo. O el equipo gana repentinamente peso gracias a un reconstituyente mágico o va a sufrir mucho de aquí a final de temporada a pesar de lo malos que son los últimos clasificados.

Una alarmante pérdida de peso