Las tardes de los domingos

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En lucha con el destino llevamos las de perder. Hasta los dioses –si efectivamente los hay y se meten en estas menudencias– nos ciegan cuando quieren perdernos. Y eran muchos ojos de Argos, vertidos sobre la cola del pavo real, para no comprender que veníamos jugando con fuego y un día caeríamos al abismo de la segunda división.
Atrás quedan nuestros años de gloria. El centenariazo alcanzado con dignidad y gloria. O cuando en el viejo campo de Riazor –primera vez que ascendimos a la categoría de oro– quedamos de cuartos y Jalisco jamás perdía... Después las horas malas. Hasta el nefasto bajar a los infiernos de Ttercera División y las maletas viajando por las aldeas.
Saltó más tarde la edad dorada. Hasta el extremo de que los equipos grandes nos creían sufragados por el narcotráfico y sus planeadoras que surcaban nuestras rías de ensueño. ¡Barça!, ¡Madrid! ¡Ya estamos aquí! Y ningún equipo pudo ganar las copas de España, las supercopas y la mismísima Liga nacional incluido el centenariazo al mismo equipo blanco vencedor de mil copas del mundo.
La procesión de los días. La Sala Calvet, Juanito Long, Salvador Fojón, los hermanos Carpio y Paco Martínez Sevilla... Los Acuña, Guimaraens, Chacho, Breijo, Amancio, Luis Suárez, Pahiño. La famosa Orquesta Canaro. Los Mauro Silva, Bebeto,  Makaay, Fran, Tristán, Djukic y compañía de vagones de lujo y de grandes expresos europeos. Son nuestros valores y a ellos nos remitimos. Aunque confundan los horarios los domingos sin fútbol son tristones. Y ahora no nos queda aburrirnos con la brisa de Riazor y la victoria del Depor en el alma... Nos lo recuerda Santiago Castelo: “El corazón se desangra/ en una luz de cuchillos/ y por la boca de corre/ un viento de escalofrío. ¿Por qué llorará el silencio/las tardes de los domingos?”. 

Las tardes de los domingos