Tercera cita electoral

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Muchas vueltas ha dado Feijóo para justificar el pequeño adelanto electoral del 25 de septiembre. Y alguna de ellas tan rebuscada como que no parece lógico celebrar, con diferencia de pocas semanas, elecciones en dos comunidades –Galicia y País Vasco– que están a pocos cientos de kilómetros de distancia. Como si a estos efectos electorales una y otra Administración autonómica tuvieran algo que ver entre sí o se necesitaran mutuamente para algo.
Por otra parte, el PNV gobernante en aquel territorio no es compañero aconsejable de viaje o de referencia. No hay más que ver, por ejemplo, la displicencia en relación con el resto de España con que el presidente Íñigo Urkullu ha convocado para allí las correspondientes elecciones.
Hacer coincidir gallegas y vascas, aparte de una corta tradición –solo ha sucedido así en tres convocatorias–, no ha sido, pues, para Feijóo y el PP gallego más que un achaque u ocasión para coger al resto de fuerzas políticas un poco con el pie cambiado. No es que no se supiese más que de sobra que las elecciones habrían de celebrarse entrado octubre y que para las fechas que corren debería estar todo más que perfilado.
Pero el pequeño adelanto técnico establecido va a forzar a precipitar decisiones a quienes no tienen los deberes hechos. Que son, a excepción del BNG, prácticamente todos los demás, metidos como están –quién más, quién menos– en forcejeos internos de organización, listas y programas pendientes de resolver. No habrá que olvidar que para el 22 de este mismo mes tienen que estar cerradas y presentadas las distintas candidaturas. En consecuencia, el apretado calendario electoral derivado de la propia convocatoria resulta especialmente beneficioso para el PP gallego.
Así las cosas, entre generales y autonómicas los electores de nuestra comunidad estamos llamados a las urnas por tercera vez en nueve meses. Y si el bloqueo nacional no se resuelve, en el horizonte espera una cuarta convocatoria. Feijoo, por su parte, opta a un tercer mandato consecutivo y, tanto aquí como allá le sucede al PP, deberá imponerse de nuevo por mayoría absoluta si es que quiere gobernar. Una rara avis ya en estas nuestras latitudes eso de ganar por la mitad más uno, pero, como digo, exigible en la práctica sólo al PP y ante la que nunca cabe confiarse. Porque a las urnas las carga el diablo.
El hoy presidente gallego y candidato ya lo logró, aunque apretadamente, en 2009, con mayor desahogo cuatro años después y es de esperar que el 25 de septiembre supere los 41 escaños actuales. Feijóo concluye así la legislatura pudiendo presentar ante el electorado, como en determinado argot deportivo se dice, una más que aceptable tarjeta de recorrido. Tanto en lo político como en lo económico.

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