Mirando a China

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No faltaron sus gestos de acercamiento al mundo del dolor ni sus referencias a la humanización de la economía, Pero la reunificación del país y la normalización de relaciones con el régimen de Pekín ocuparon lugar destacado en el viaje pastoral del papa Francisco La semana pasada a Corea del Sur, donde presidió la sexta Jornada de la juventud asiática  y beatificó a ciento veinticuatro mártires.
Una corona de espinas hecha con el alambre que desde hace más de sesenta años marca la división del país fue uno de los obsequios que con más emoción recibió el Pontífice en este su desplazamiento apostólico al Extremo Oriente.  Por la paz y la reconciliación del país ofició una solemne misa en la catedral de Seúl.
Camino de la capital surcoreana,  el avión pontificio había sido autorizado a cruzar el espacio aéreo de la República Popular China. Era la primera vez que así sucedía y también la primera que las autoridades del gigante asiático recibirían con complacencia el telegrama de salutación que en el vuelo de regreso a Roma el papa les había hecho llegar. Pero a pesar de estos aparentes signos de distensión y de haber sido invitados, ningún joven chino pudo sumarse a las celebraciones del cercano país. El Gobierno  se lo había expresamente prohibido.
Como se sabe, las relaciones entre la Santa Sede y el régimen de Pekín son desde hace tiempo más que complicadas. Éste no se mueve de sus dos principales exigencias: la ruptura de toda relación con Taiwán y, especialmente, el que las autoridades de la llamada Iglesia patriótica puedan seguir nombrando obispos sin pasar por el tamiz de Roma.
A pesar de todo ello, el papa Francisco ha aprovechado la proximidad territorial  para impulsar la normalización de relaciones entre ambas partes. Se refirió  a ello tanto en su encuentro con los obispos de Asia como  en la conversación con los periodistas en el vuelo de vuelta.
“En este espíritu de apertura a los otros, tengo la total confianza –dijo el papa- de que los países de este continente con los que la Santa Sede no tiene aún relación plena avancen sin vacilaciones en un diálogo que a todos beneficiará. Un diálogo  no sólo político, sino también fraterno”.
En este sentido, retomó la posición que ya habían establecido sus predecesores, tanto Benedicto XVI como Juan Pablo II.  Esto es: que la Iglesia católica no solicita de las autoridades políticas chinas ningún privilegio, pero sí reclama que se garantice a los católicos el pleno ejercicio de su fe, en el respeto a una auténtica libertad religiosa. El papa Francisco expresó su vivo deseo de visitar China e insistió en que la Iglesia  sólo reclama libertad para su misión. Parece, por el momento, mucho pedir.

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