CONVICCIÓN FAMILIAR

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Ahora, cuando todos hemos visto las orejas al lobo, parece momento propicio para meditar sobre el arreglo de nuestros males globales. Se habla de regeneración, esfuerzo, sacrificio. De aferrarnos a la tierra que abandonamos frívolamente en brazos de un bienestar falso. Para su recuperación no necesitamos pronunciar grandes discursos ni hallar soluciones extraordinarias.

Más que nunca interesa atender detalles, las pequeñas grandes cosas, esas nimiedades que hacen grata la vida. Necesitamos también arreglar la economía, la política, el cainismo pendular y constante. Así, desde tal emplazamiento, necesitamos ideas, audacia y fe colectivas.

Pero además precisamos convicciones éticas para con nosotros mismos y cuantos nos rodean. Creer fundamentalmente en la familia –sea legal o de hecho– siempre y cuando constituya vínculo de unión y alegría para sus componentes, aceptando una autoridad dimanada de vínculos consanguíneos, parentales o adoptivos.

Con afán de protegernos, aportar hijos a la pirámide poblacional y ser dique a su destrucción masiva. En la casa romana, sencilla y humilde, pero llena de paz. El recordatorio popular español, cuando de casa estamos lejanos, más la recordamos. El cerebro cuadriculado alemán que sentencia: “La casa puede sustituir al mundo; el mundo jamás sustituirá a tu casa”.

Nuestro hogar familiar –fuego, esperanza y fracaso– depara ese ramo de flores que nos entregan al nacer y vamos dilapidando conforme caminamos nuestra vida… hasta que al final, saldo de cuenta de pérdidas y ganancias, volvemos a la niñez y al encuentro ya imposible con nuestros padres, hermanos y allegados. Joya única, sin precio, por la que daríamos todo, pues en su casa hasta los pobres son reyes (Lope de Vega).

CONVICCIÓN FAMILIAR