Miedo

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No sabemos muy bien que mueve la Historia, o sea que es lo que ha condicionado en mayor medida el comportamiento humano de forma individual y colectiva a lo largo del tiempo. Marx lo redujo a la lucha de clases, lo que además de ser falso es una aberración. Todos los reduccionismos son peligrosos, aunque tengan parte de verdad y resulten atractivos. En realidad son muchos los factores que intervienen en nuestro devenir diario y, por supuesto, en el de quienes nos precedieron. Sin ser el primero ni el principal, uno de ellos es el miedo.
Los temores más primitivos frente a lo peligroso y desconocido obligaron al hombre, desde un principio, a tratar de asegurar su supervivencia. Además, dada su condición, por lo general lo suele hacer en grupo: a las antiguas solidaridades de carácter familiar o tribal, siguieron el espíritu comunitario de las grandes civilizaciones. En muchos casos, estas últimas suelen traer cierta seguridad y prosperidad para quienes tienen la fortuna de participar en ellas. Pero los logros alcanzados por esas mismas organizaciones, como nuestro estado de bienestar, no se mantienen sin dificultad; siempre existe el miedo a perder lo conseguido.
Ese temor aumenta todavía más si el peligro proviene de grupos humanos en situaciones desesperadas, que amenazan con poner en riesgo nuestra seguridad y prosperidad. En estos casos la reacción natural siempre ha sido la defensa y el rechazo frente al extraño, sin que por lo general eso sirviera al cabo para solucionar el problema. Ni siquiera el poderosísimo Imperio Romano de Occidente, consiguió detener a los bárbaros en un momento dado; no siendo ni la primera ni la última civilización que sucumbió por la inmigración paulatina, primero, y la invasión masiva, después, de sus vecinos.
Es difícil que quien se ve en una situación privilegiada, comparada con la de otros, no se vea afectado por este miedo frente al extranjero. Hoy ese mismo prejuicio predomina en el mundo y sigue siendo tan irracional como antaño, a pesar de que el desarrollo humano y el nivel tecnológico alcanzado por la sociedad occidental podrían propiciar otras actitudes. Sobre todo tratar de llevar la paz y la prosperidad allí donde no la hay, adelantándose a que las carencias y la desesperación de unos terminen minando la prosperidad de otros.
No soy un utópico y por lo tanto no tengo demasiada fe en que la generosidad sea la consigna de nuestro mundo, como tampoco me siento capaz de profetizar su decadencia irreversible. No sé lo que ocurrirá en los próximos decenios. Sin embargo, lo que nos enseña la Historia es que la capacidad autodestructiva del egoísmo, a nivel personal y colectivo, resulta extremadamente peligrosa.
 

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