Constantino Anca Manday

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El libro recientemente publicado Crónica negra de la Marina Española editado por la librería “Central Librera”, me ha recordado una pequeña historia familiar… no trágica, como las que se relatan en la obra durante los primeros meses de la Guerra Civil, pero que considero lo suficientemente curiosa como para compartirla con ustedes.  En aquellos primeros días del levantamiento, mi abuelo, que pertenecía a la dotación del crucero “Libertad”, se encontrabaen Ferrol disfrutando de su permiso reglamentario vacacional. 
Días antes de que la ciudad quedara bajo el control de los sublevados, desde el Ministerio de Marina se ordenó al buque que zarpara rumbo al Estrecho, continuando mi abuelo disfrutando de su permiso al no ser llamado para embarcar, ajeno a lo que se avecinaba. Al dar comienzo la lucha por el control en las calles y en las dependencias militares, mi abuelo, al que la política le importaba un bledo (exactamente igual que a su nieto), y en el convencimiento de que debía cumplir con su deber, se vistió de uniforme con la intención de presentarse en el arsenal. Mi abuela, con el lógico miedo de que en el camino acabaran con su vida, le dijo que no se le ocurriera salir hasta que la “cosa” no estuviera calmada. Mi abuelo accedió, porque, oficialmente, no tenía obligación de presentarse hasta el día 1 de agosto, fecha en la que terminaba su licencia, cosa que efectivamente aquel día verificó. 
Inmediatamente fue encarcelado bajo la acusación de “falta de espíritu militar”, siendo desposeído no solo de sus galones de cabo torpedista-electricista que tanto esfuerzo le había costado conseguir, sino de su condición de militar.
Pasaron los días y no se pudieron presentar cargos, desde el punto de vista político, contra él. Además tuvo la suerte de que uno de sus antiguos profesores (C.N. Manuel Espinosa) intercedió para que le liberaran, como efectivamente sucedió. Al poco de regresar a casa fue llamado a filas incorporándose al Ejército de Tierra (alucinante, ¡con la necesidad que tenía la Armada Nacional de especialistas!). En la Guerra tuvo la suerte primero, de no perder la vida, y por méritos propios a ascender en 1938 a sargento zapador. El resto de su carrera militar transcurrió plácida en Madrid, y por eso yo hoy estoy escribiendo esto.

 

Constantino Anca Manday