EXTINCIÓN DE LA ESPECIE

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Insignificancias es el nombre de un programa de radio de “elestadomental.com”, la segunda entrega radiofónica de la anterior revista en papel con el mismo nombre. Las cuatro primeras sesiones (éste es el resumen de la primera) ya están en antena. Serán dieciséis en total. Uno intenta en tales asaltos aproximarse al espectro real que nos asusta, esa llaneza mortal para la cual parece que estemos cada día menos preparados. Desde tal suelo afirmativo se ensaya destripar el integrismo político que nos protege mientras nos mata lentamente.

Nuestra economía social, realizando la metafísica de la separación, es una forma de morir a plazos. Al estilo de la cultura del progreso, de nuestro arresto domiciliario en el mañana. ¿Es esto menos cruel que otros regímenes históricos? Ustedes tienen la palabra.

El sistema se pasa el día asustándonos con peligros que se acercan: el paro, el cáncer, las alergias, los musulmanes, el fin del mundo. El problema es otro, la angustia sorda que produce la desaparición de la vida.

Todas las formas monstruosas de los supuestos riesgos que nos acosan son una cortina de humo para ocultar la primera línea de la violencia entre nosotros: la neutralización a cámara lenta de la que somos objeto. Fijémonos en el aspecto del prójimo cuando no está reaccionando a los estímulos del medio interactivo. Desde hace mucho, el hombre de carne y hueso es la materia prima de nuestro capitalismo terciario, especulativo. Del que no parece que haya crisis capaz de arrancarnos.

Todas las tecnologías online han acelerado, y a la vez compensan, el silencio de la presencia real. Ascensores, metro, gente que come sola: la cercanía ha enmudecido. Hasta los perros no parecen ladrar como antes.

Se trata de un mutismo de la especie, in situ, que produce un poco de espanto. Tanto si eres profesor, conferenciante, o simplemente un ser humano interesado por el prójimo, la crisis del encuentro es desconcertante.

Crisis de la presencia. Si estamos aquí miramos el móvil para estar ausentes. Si estamos lejos, enviamos mensajes para estar presentes. El caso es escapar a la fuerza de la gravedad, a la sencillez mortal de vivir. Por eso reina en la cercanía un silencio extraño. Hemos buscado que lo espectacular nos salve del riesgo anónimo de vivir y la consecuencia (en el metro, en las aulas, en la calle) es la del ensimismamiento, una humanidad ocupada y vaciada por la comunicación, por la dialéctica entre aislamiento e interactividad.

Todo en mundo aparece encriptado en su narcisismo. Y este arresto domiciliario de las mentes y los afectos, arresto en el mañana que es causa de la ansiedad por el espectáculo de la conexión, aumenta a su vez la dependencia de las tecnologías.

Así como también estimula la solidaridad a distancia. El deseo de animales de compañía, de niños adoptados, simpáticos primitivos a los que ayudar desde lejos. Las mascotas prolongan el retiro. Adornan la seguridad de una vida gobernada por los dígitos y la economía con un simulacro de sangre caliente que juega con nosotros y despierta nuestros dormidos afectos.

EXTINCIÓN DE LA ESPECIE